jueves, 10 de abril de 2014

LA POLVERA

Al más puro estilo de galán clásico, el primer día que me invitó a salir, me llegó a casa una caja con un gran lazo. Lo inusual fue el regalo. Unos preciosos zapatos rojos, y en una esquina entre los papeles del envoltorio apareció la polvera.

No sé qué hizo que me enamorara de él. Que pudo cautivarme de un chico inseguro, desgarbado y con ese tono rosáceo tan británico. ¿Su sentido del humor? Siempre conseguía hacerme reír. Y esa manera suya de mirarme, la profundidad del azul y a la vez transparencia de sus ojos. Una mirada de niño grande, una mirada de la que te puedes fiar. Sí, me inspiraba confianza. Desde aquella noche, era lo que único que podría convencerme de volver a salir con un hombre.

Me puse los zapatos, un vestido beige y aunque no era lo usual, me animé a maquillarme.

Aunque trabajábamos juntos, le conocí en el metro. Era mi segundo día en el hotel. Iba despistada pensando en cómo no meter la pata y se acercó a mí en el vagón.

—No tendrás hilo dental en el bolso —me dijo sonriente. —Eh… no —le contesté con la cabeza baja. —Soy Pep, de recepción —se presentó extendiéndome la mano. —¡Del hotel! —añadió al ver mi cara asustada.
Me dejaba, a escondidas, fresas en la parte trasera del bar del hotel, sin tan siquiera llegar a verme. Y cada semana, traía a mi portal, tulipanes amarillos, junto con una invitación a cenar. Yo, durante 7 meses, bajaba a recibirle en la calle para rechazarle. Y por sistema, «¿Un café no me negarás?», me respondía con una sonrisa enorme. Y pasábamos la tarde, ante un café, de eterna charla. Poco a poco cada uno de sus gestos fueron apartando capas de resistencia a su género.

Tenía las manos grandes, grandes y torpes, grandes y hábiles. Casi iguales a las del hombre de aquella noche, cuando mientras me sujetaba contra la pared, tiró de mi camisa arrancando todos los botones de un golpe.

¿Quién se presenta pidiendo hilo dental en el metro? Por eso no me extrañó que la polvera apareciera entre los zapatos. La tomé como parte del regalo. Y usé la polvera por primera vez. Y al momento de aplicarme los polvos translucidos, olvidé aquella maldita noche que llevaba persiguiéndome desde hacía cinco años. Fue un olvido sin transición, sólo deje de recordarlo, sin más. La cita fue inolvidables. Y así, verdad tras verdad, y con la barbilla mirando hacia arriba, una mañana me desperté entre sus sabanas. Me había enamorado.
Los próximos cuatro años, fueron amor, tranquilidad y calma. Y muchos otros malos recuerdos se me borraron al utilizar la extraordinaria polvera, aunque yo era inconsciente de ello. Me sentía cada vez mejor, más segura, y mi existencia más justificada en el mundo.

Pero la ley de compensación del universo, tentada por la perfección, hizo acto de presencia. No estoy segura de, sí mi actitud fue lo que procesó el cambio en él o sin más estaba latente. Limpia de mis temores pasados. Un día, tanto amor, pasó de extraordinario a formar parte del trato, y dejé de valorarlo. Y empecé a contar faltas, en lugar de atenciones. Me creía con derecho de ser amada por el mero hecho de ser yo.

Como todos, él también tenía un sueño. Había inventado un aparato electrónico programable para suministrar píldoras y como por milagro convenció a una vieja gloria de televisión para que invirtiera en su proyecto. Debía de fabricar en China y se mudó allí unos meses para hacer contactos y conocer las fábricas. Y poco a poco apareció otro Pep en escena. En un principio pensé que era la distancia, y lo pasé por alto. Pero llegó el momento en que, a pesar de sus reticencias decidí sacar un billete de avión y presentarme en Guangzhou.

Me recogió en el Aeropuerto por la mañana. Yo aturdida después de las casi quince horas de viaje, lo único que quería era ducharme y descansar. Pero Pep había quedado con el dueño de una fábrica e insistió en que lo acompañara. La cita fue interminable, nos enseñaron las instalaciones, luego suplicaron enseñarme la ciudad e invitarnos a cenar. Nos trataban con absoluto servilismo y adoración. Un halo de tradicionalismo lo envolvía todo, que contrastaba con las infinitas luces de neón que decoraban la ciudad. Pep tenía una mirada distinta, estaba absolutamente endiosado. Y lo discutía todo. Llegó al punto de, yo ceder y él empezar de nuevo la discusión aludiendo a un malentendido. Me agotaba. A veces sólo podía llorar.

Llevaba una semana en Guangzhou, y parecía que a ratos recuperaba al Pep del que me enamoré. Estaba un poco más tranquilo y decidió dedicar el día a hacer turismo. Sólo tenía que acudir a una reunión por la mañana. Teníamos que en el tren de las 7:55. Él había sacado los billetes de antemano. Pero cuando llegamos al andén eran las 7:53 y el tren estaba saliendo.
Se dirigió a reclamar a la taquillera. Exigía que le dieran gratis otro billete porque el tren había salido antes. Ella le negaba muy educada y dándole mil explicaciones. Su ira iba aumentando hasta que perdió la paciencia.

—¿!Cómo te llamas!? —le preguntó Pep amenazante. La taquillera no le contestó. Y fue entonces cuando alargó su mano y le arrancó la identificación que llevaba colgada al cuello de cuajo.

—¿¡Pep!? —dije aterrorizada, mientras uno tras otro volvían a mi cada uno de los recuerdos que se había y fue cuando entendí el funcionamiento de la polvera. Volví a recordar aquella noche, aquella maldita noche en que aquel hombre de manos grandes me arrancó la camisa e hizo saltar los botones de mi confianza. Y eche a correr. Corrí todo lo lejos que pude. La segunda vez es más difícil, pero aprendí a no perder la esperanza, porque el amor abrió mi corazón de nuevo. Y mi memoria está intacta.

Fin.

jueves, 27 de marzo de 2014

EL ALMENDRO DE ALICIA

Al ver la marca rosa, me asaltaron dos pensamientos. El tener que criarte sola y que fuera para toda la vida. Habían destinado a tu padre a un pueblecito cerca de Tucson. Fuiste engendrada el día más maravilloso y a la vez uno de los más tristes de mi vida. Aún puedo sentir el amor y el dolor al evocarlo. Era la primera vez que iba a separarme de él. Para llegar al alma, amamos nuestros cuerpos desde todos los ángulos. Inundamos de besos nuestra habitación. Nos desgastábamos con la yema de los dedos, buscando la esencia del otro, como para conservarla en la memoria del tacto. La emoción desbordada y las caricias de aquel día florecieron en mi vientre.

Leí su carta una vez más. Auto convenciéndome de que nada cambiaría. Sentada en la sala 6 recordaba la mañana en que le despedía en el mismo aeropuerto donde en aquel momento le esperaba. Cuando me dijo que le trasladaban a Arizona, en un primer instante sentí una tenaza en el pecho. Dos años. Cuantas cosas pueden pasar en dos años. Le dije adiós ante la barrera del control de policía, intentando contener las lágrimas y con una media sonrisa que se alegraba por él. Mi cabeza procesaba millones de alternativas de ruptura. ¿Encontraría otra mujer?, o quizá un día se levantase y se daría cuenta de que no me echaba de menos. “Amor, sabes que nunca habría querido hacerte daño, pero…” . Estaba muerta de miedo. Qué ironía nunca pensé que la situación pudiera ser tan distinta. Era su primera visita después de casi nueve meses. Y aunque la sensación de incertidumbre permanecía, en esta ocasión contaba más otro factor. Tú. Podía decepcionarme o ser maravilloso. Si hubieses llegado unos días más tarde seguramente habría sido todo absolutamente distinto. Pero somos hijos de nuestro tiempo como decía mi madre. Y siempre fuiste de lo más oportuna.

No parabas de darme patadas. Había desayunado colacao, como siempre pero creo que no era el azúcar lo que te inquietaba. Sabías que algo importante iba a pasar.

Llevaba exactamente tres meses fuera cuando decidí a hacerme la prueba. Manteníamos contacto por carta. Y no había tenido valor para contarle nada. Cada uno de los días de los seis meses restantes me había debatido entre mi profundo amor por ti y un miedo infinito por perder a tu padre. La familia. Siempre evitaba hablar de ello. En mi fuero interno sabía que para él, dos era más que suficiente. Era todo tan perfecto. Hasta el momento había preferido callar.

Sin embargo el destino quiso ponerlo encima de la mesa. ¿Un error, o mi ferviente deseo había sido más fuerte que los medios de control? Como explicarlo en una carta. Estuve a punto de contárselo el día que consiguió llamarme por teléfono. Pero hacía tanto tiempo que no hablábamos y estábamos tan contentos, que no fui capaz. Además prefería ver sus ojos. Sentí otra patadita. Dios. ¿No iba a llegar nunca? Me preguntaba durante la eterna espera en la terminal de llegadas. Cuando se abrieron las puertas automáticas y le advertí su cara al verme, me desmoroné. Me desmoroné físicamente y además, rompí aguas. Me desperté en un taxi con tu padre, asustado, por única vez en su vida. Y entonces, si pude ver su mirada, la mía, la que me dedicaba solo a mí. No me hizo ninguna pregunta. Sólo susurraba una y otra vez. “Tranquila. Tranquila.” . Fluctuaba entre el dolor de las contracciones y la calma que me traía su voz hipnótica.

Te dimos a luz juntos, en el paritorio yo me encargaba de lo físico y tu padre de todo lo demás. Y junto a un grito conciso viniste al mundo. Te cogió en brazos e hizo inventario de cada parte de tu cuerpo hasta que terminó satisfecho con los deditos del pie. Llegó a casa y plantó el almendro del jardín y le bautizó con tu nombre. “El almendro de Alicia” dijo. Y supe que era tuyo para siempre, cambiaste todo mi mundo. Tal y como había soñado que fuese. No se separó de ti durante todo el tiempo que estuvo en España. Pero tenía que volver a Arizona, aunque en esta ocasión fue tu padre quien se despedía con media sonrisa. El vuelo a Tucson fue rastreado por 26 países, 29 aviones, 18 barcos, 6 helicópteros y decenas de satélites, pero como en la más increíble ficción se dio por desaparecido sin el más mínimo indicio de él. Tú y ese almendro sois lo único que me queda de tu padre. Por eso a los dos os miro como extraordinario. Como si cada vez, fuera la última y no pudiera volver a contemplaros. Así como esa mirada de tu padre, la suya, la que me dedicaba solo a mí.


fin.

martes, 4 de marzo de 2014

CADA CUAL QUE SE AGARRE A SU ÁRBOL

Reconozco que antes había tenido cierta tendencia psicosomática, pero jamás pensé que pudiera llegar a manifestarse de este modo tan bestial. Todo empezó el mismo día que me hice millonaria y perdí a mi novio. Eduardo era directivo de Bet & Win. El típico negro guapo, alto, bien formado y con esa cara de éxito irresistible a toda mujer. Me tenía coladísima. Era nuestro aniversario y le había comprado un regalo porque esperaba que me pidiera matrimonio durante la cena. ¡MATRIMONIO! Tenía un ataque de nervios continuo y pasaba de contenta a asustada de un segundo a otro… «Valeria Nistal, ¿aceptas a Eduardo Jackson como tu legítimo esposo?», me repetía una y otra vez imaginando la ceremonia. Yo solo quería pasar la mañana mimándome para tener una cara virginal y relajada cuando le diera el sí, pero él me había pedido el favor de que asistiera en su lugar a aquel dichoso partido benéfico. Y, como siempre, no pude negarme.

Solo pensaba en la boda, y no le estaba haciendo ni caso al partido, hasta que un estruendoso gol acaparó la atención del público, y un señor muy gordo que tenía a la derecha, tremendamente oportuno, me bañó enterita en cerveza. Empapada y ojiplática observaba incrédula a aquel gordo maleducado saltar y gritar «gol» sin descanso. Me disponía a increparle cuando recibí una notificación en el móvil. «Número: 87952, Fracción: 6, Serie: 3, Euros: 1.170.000,00». Tenía el corazón a mil. ¡Era mi número! ¡Al que estaba suscrita desde hacía ocho años! Me olvidé del incidente, me abracé al señor gordo y empezamos a saltar juntos. Mientras él seguía embriagado por el gol, yo celebraba que era millonaria. Entonces pensé en Eduardo, y me separé del gordo. ¡Era millonaria! ¡Tenía que contárselo!... ¿O quizá no? Mejor se lo diría después. Sería total. Un «SÍ» apoteósico.

De camino a casa vi un coche averiado en el arcén. Pero tenía que relajarme y ponerme guapísima para cenar con mi novio. Peluquería, manicura, maquillaje... ¡No tenía tiempo! Luego pensé que Eduardo no lo aprobaría y decidí llamar a la Guardia Civil.

—Guardia Civil, buenos días.
—Acabo de ver una boda averiada en la carretera —supongo que diría yo.
—¿Una boda? Lo siento, señorita…

No escuché más y, al oír «boda», un calor repentino me subió por la espalda. Me puse muy muy nerviosa y empezó a darme vueltas la cabeza. La cena, la lotería, el vestido, el compromiso, el gordo. Todo era un cóctel de emociones. Y, sin saber cómo, mi cabeza empezó a arder por combustión espontánea. Solté el volante para sofocar el fuego con las manos.

—¡Mi pelooo! ¡Mi pelooo! —gritaba espantada.

Vi que iba a chocar contra un muro, di un volantazo hacia el lado contrario y perdí el control del coche, que empezó a dar vueltas sobre sí mismo. Terminé en la cuneta con dos ruedas en el aire. Dos horas después conseguí llegar a casa. Estaba horrible. Tenía un ojo violeta y mi pelo parecía haber pasado por un peluquero de la legión. Para el ojo, maquillaje, pero qué iba a hacer con mi pelo. ¡No podía dejar que Eduardo me viera así, despeluchada!

Entonces me acordé. La vecina padecía alopecia nerviosa y tenía una peluca sensacional. La tenía que conseguir. ¿Pero cómo? Negaba su calvicie enérgicamente. Probé suerte, pero terminé con la puerta en las narices y, aunque le supliqué, no hubo manera. Lloraba desesperada en mi habitación y sonó el timbre. Al abrir la puerta y ver al marido de mi vecina con la peluca, lo miré como si estuviera separando las aguas del mar rojo. Cerramos el trato por mil euros y, cuando Eduardo me recogió, estaba feliz y espectacular con mi precioso vestido verde.
Me llevó al restaurante de nuestra primera cita. Pero la cena no fue como esperaba. En otra mesa celebraban el ochenta y cinco cumpleaños de un cascarrabias que estaba dando la lata con una radio que encendía cada cuarto de hora. Y, como Eduardo estaba muy frío, decidí darle mi regalo antes de tiempo.

—Darling… yo no te he comprado ningún regalo —dijo apartándolo a un lado.
—No pasa nada —contesté cogiéndole la mano.
—No tuve tiempo. Valeria, hace un año que no tengo tiempo para nada. No soy bueno para ti… No te cuido como debería. Y sé que no voy a tener tiempo para cuidarte —añadió bajando la cabeza.

¿¡Me estaba dejando!? ¡Si tenía que pedirme que nos casáramos! ¿¡Qué había hecho mal!? Estaba a punto de llorar. Empecé a sudar y a respirar con dificultad. Volví a notar que aumentaba la temperatura de mi cuerpo, y mi cabeza comenzó de nuevo a dar vueltas y vueltas. Y otra vez a somatizar, siempre logro sorprenderme. En esta ocasión, sentí cómo desde dentro de mi cuerpo brotaban millones de pinchos finitos y transparentes rasgándome la piel y atravesando mi vestido. ¡Era como un cactus!

—¡Ay! —Protestó Eduardo apartando la mano con mal gesto.

El viejo encendió las noticias. «V.N. son las iniciales de la ganadora del primer premio de la Lotería Nacional del pasado 11 de febrero. Está suscrita al número 87952 desde hace ocho años, pero aún no se ha presentado a reclamar el premio. Iniesta…».
Se levantó y me abrazó como el que se agarra a una rama que encuentra en mitad de la caída libre de un precipicio. Al separarse de mí, minúsculas gotitas de sangre manchaban su impecable camisa blanca y en ese momento supe que Eduardo no era mi árbol. «Al día siguiente empecé con estas clases de autocontrol emocional aunque, por ahora, sin frutos», le lloriqueaba a mi coach sorbiendo la nariz, mientras cómo una autómata sacaba el miniextintor del bolso para apagarme la falda.

Fin.

viernes, 31 de enero de 2014

¿DÓNDE ESTA MI RELOJ DESPERTADOR VIOLETA?


 
Desde su cama estrecha de cabecero y patas de forja, sujetaba la manta cubriéndose la cara hasta los ojos, mirando, asustada, el vibrar del enorme reloj despertador negro de cuernos redondos.
Que como cada día, con un estrepitoso ring le instaba a cumplir su eterna condena. Arrastrar los pies por un camino recto, gris y sin horizonte. Pero aquella tarde ¡oh! Mariposa. A la mañana siguiente,
aún dormida en su enorme cama de patas de madera y cabecero acolchado, un olor a lilas emanaba de su pequeño reloj despertador violeta que le invitaba a caminar por una senda maravillosa sin obstáculos.
Pero aquella tarde ¡ups! Piedra. Y Cayó al suelo. Por la mañana, desde su gigante y acolchada isla vacía se despertó preguntándose donde estaba su reloj despertador violeta. Pero aquella tarde ¡ups! Piedra.
Y aprendió a levantarse. La tercera mañana se despertó ansiosa por recorrer su camino contenta por encontrar Mariposa o, a lo mejor, Piedra. 
 
Fin.

miércoles, 22 de enero de 2014

EL OJO DEL VIENTO Y SULAYMÂN


Logré escabullirme con el diamante en mi poder. Tenía que llegar de inmediato a la calle azahar, antes de que se dieran cuenta. Corría sin descanso. Si seguía a ese ritmo llegaría en pocos minutos. Reconocí a uno de los hombres de Sulaymân. Mierda, ya están aquí. Tenía dos opciones seguir el recorrido de los alminares o atravesar por el zoco. Me decidí por el zoco. Estaría atestado de gente y me sería fácil hacerme invisible. Giré la primera calle y en el segundo cruce me tropecé con el primer tenderete. Se mezclaba el olor a sudor, con otros de especias, tés, y comidas rápidas. No quería mirar atrás. Si conseguían alcanzarme era una mujer muerta, o algo mucho peor. Jadeando del esfuerzo, avanzaba todo lo deprisa que me permitía el ir y venir de la gente. Me toqué la cartera que llevaba pegada al costado para ver que la piedra seguía en su lugar. Giré un momento la cabeza y pude ver que aún me seguían. Apreté el ritmo, atropellando a mi paso todo el que se ponía por delante. Llegué a una pequeña plaza. Tenía tres salidas, si tomaba la del suroeste apenas me quedarían quince metros para salir del barullo. Mis perseguidores ganaban terreno. Volví a tocarme el costado. Tenía que llegar, tenía que llegar, pensaba. Pero arrollé a un mendigo y se acortó la distancia que me separaba de la fatalidad. Casi sin aire, forcé un poco más. Alguien me agarro el tobillo desde abajo. Forcejeé intentando desasirme. Miré hacia el suelo, pero no veía de quien procedía la mano. Tiraron de mí y dejé de notar tierra bajo mis pies. Caí unos siete metros hacia abajo.
Había perdido el conocimiento por unos minutos y lo primero que hice fue llevarme la mano al costado y… ¡horror! ¡El diamante había desaparecido!
La piedra había pertenecido a los Adaditas. Llegó a mi familia, porque el patriarca del linaje de Bani Kolab agradeció que mi abuelo salvara la vida de su único hijo regalándole, su bien más preciado. El diamante con la talla más perfecta y precisa que se haya visto. Simula la forma del ovalo de un ojo, y si miras a través de él puedes ver un perpetuo remolino azul intenso. Por este motivo se conoce como El Ojo del Viento. Sulaymân quería apoderarse de el a toda costa. Pero no era su belleza ni su gran valor lo que ambicionaba. El Ojo del Viento tiene el poder de controlar las pasiones de los hombres y él lo sabía. Usaría su poder para encender la ira de los ciudadanos y hacer la revolución contra el nuevo gobernante. No podía permitir que Sulaymân se hiciera con él. Nunca debí pensar en venderla. Me vi metida en esa maraña y sin haber recibido una moneda. Me trasladé hasta la ciudad donde me sería más fácil vender el diamante y en cuanto lo puse en circulación para tasarlo me lo robaron aquellos malditos rufianes.
Me encontraba en una galería  muy oscura, solamente entraba un poco de luz por la rendija del techo de donde yo había caído. No entendía nada. En los planos que había memorizado de la ciudad no figuraba ningún pasadizo subterráneo en la zona del zoco. No sabía si había sido alguno de los hombres de Sulaymân quien me la había robado. En realidad podría haber sido cualquiera, lo que dificultaba la búsqueda. Después de unos minutos me había acostumbrado a la oscuridad y pude distinguir que la estancia estaba vacía y de ella partía una sola galería hacía el interior de la cueva. Pensé que el ladrón podría haber tomado ese camino, aunque podría ser una trampa. Quizá sería mejor salir al exterior. En el zoco se podía averiguar cualquier cosa si preguntabas a los tipos adecuados. Hice un reconocimiento visual buscando todas las opciones de salida que tenía. Miré hacia arriba. Demasiado alto para volver por donde había llegado, así que comencé a inspeccionar las paredes de roca con la esperanza de encontrar alguna otra trampilla y evitar la galería principal. Parecía que no había ningún otro agujero por donde colarme, así que decidí caminar hacia adelante. Al cabo de unos metros, pude distinguir claridad que provenía de unas antorchas que colgaban a los lados del recorrido. Seguía avanzando al encuentro de la luz y empecé a escuchar una música. Era un sonido muy alegre, pero sobre todo inapropiado o más bien inesperado diría yo. En un país como Egipto te imaginas una banda sonora de laudes y flautas. Y sin embargo el violín sonaba exultante. Alegre y vivaracho. Y aunque sola y casi a oscuras la encontrara inquietante y aterradora, me sentía atraída sin remedio por esa música. Pero me resistía a dejarme deleitar por ella. Quería mantenerme alerta con los cinco sentidos. Sin embargo y como si fuera una especie de preludio amoroso, me abandonaba a ella un paso y me resistía al siguiente y así todo el camino. Aunque me ganaba terreno el abandono a cada tramo un poco más. Y empecé a sentir que tenía que descubrir de donde procedía esa melodía. El lado racional que aún conservaba despierto, tenía presente en todo momento que podía estar en riesgo mi vida , pero aun así, acepté la situación y seguí avanzando a través de las galerías seducida por esa música tan especial.
Por fin después de un recodo la galería se abría a una gran sala atestada de gente. El suelo estaba ligeramente inclinado hacia abajo adquiriendo la forma de anfiteatro, de manera que podía ver lo que pasaba en toda la pieza. Seguí acercándome. Parecía que se celebraba una gran fiesta. Hombres, mujeres y niños se agolpaban en torno a una mujer bellísima que bailaba a su propio son. La bailarina movía su cuerpo como si hubiera perdido el esqueleto, giros y contornos imposibles para que sonaran los adornos que colgaban de las costuras de su falda. Se acercaba y alejaba mirando fijamente al círculo humano que rodeaba su espectáculo de danza. Ónices, profundos, pintados al estilo egipcio que parecían prometer una vida de sueños, de pasiones y agravios. Una vida de aventura continúa. Pero sobre todo una vida libre, muy libre.
Sentí una presión en el pecho, una presión ausente al peligro, me sentía por el contrario excitada, atraída por esa mujer. No me había pasado nunca antes. No sabía si era su mirada o aquella música, o quizá la danza, pero sentía como crecía en mí una inquietud, un desasosiego. Ávida por satisfacer mi deseo, me hice paso entre la gente, acercándome más y más con la mirada fija en aquella bailarina de negros bucles perfectos. No sabía que iba a hacer cuando llegara, pero surgía de mí una fuerza irrefrenable que me obligaba a seguir avanzando hacia ella. Había olvidado la promesa que había hecho a mi abuelo, el diamante, ni siquiera tenía consciencia de quien era. Un cuerpo dirigido por un instinto primario. Casi había alcanzado la primera fila cuando pude observar cómo se escapó un deseo de sus ojos, se paró un poco más de un instante delante de un espectador. Como si hubiese salido de un estado hipnótico, me paré en seco recobrando, la inhibición, más que el control de mis actos. Miré a aquel hombre y le desee también. Fui la bailarina y el espectador. Recordé sus vidas por un momento, y fue como si las hubiera vivido. Seguía parada entre la gente. Pero aquella música seguía sonando y sin saber cómo me descubrí caminando de nuevo hacia aquella bailarina. Y llegué hasta ella y me fundí en su danza y recorrí con ella el círculo humano, dando vueltas sobre mi misma, a mi propio compás y arropada por aquella maravillosa música de violines. Y entonces en uno de mis giros vi, al final, en lo alto, la figura de Sulaymân, llenando la sala con su presencia altiva y poderosa. Y volví a pararme un momento, pero aquella música seguía sonando y a pesar del pánico, triunfó la pasión y seguí bailando y girando, abandonándome y generando mis propios recuerdos. Entonces el anhelo de mi bailarina unió su torso a los nuestros y a continuación el circulo humano se deshizo hermanando cuerpos y pies con nuestro baile. Todo lo demás se ha borrado de mi mente. Al día siguiente amanecí en un parque. Y allí tumbada, aún con los ojos cerrados, recordé mi primer baile y se me antojó pensarme más persona, más humana y más libre.  Lo primero que vi al abrir los ojos fue un árbol y me supe a salvo. Y al tocar la tierra lo descubrí, El Ojo del Viento había vuelto a mis manos. Apreté los puños y cerré los ojos de nuevo. No recogí mis cosas, ni quise averiguar nada más, me embarque en el primer navío que salió del puerto y me marche de allí sin volver la mirada.  Nunca más supe de Sulaymân, ni supe quién me empujó a las galerías, ni que se celebraba en esa fiesta, ni siquiera como amanecí en aquel parque a la mañana siguiente. Lo único que sé es que ese día en las galerías, conocí el deseo en estado puro, sin atender a género ni condición, fui mujer y fui hombre, por vez primera un ente libre de las ataduras del cuerpo. Y así fue como recuperé el diamante de mi abuelo. Con mi pasión, de la única forma posible que se podía recuperar la joya con la talla más precisa y más perfecta del universo. La más hermosa que jamás se ha visto. Aquella que tiene el poder de controlar las pasiones de los hombres. El Ojo del viento.
 
Fin.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Alegoría

Nochebuena. Frente al espejo. Terminé de ajustarme el nudo de la corbata. Me puse la chaqueta y alise las solapas con las manos. Sonreí y pensé lo perfecto del momento. Me puse el abrigo, comprobé el bolsillo izquierdo y salí zumbando hacia el restaurante con el sentimiento continuo que me acompañaba los últimos meses del año desde hacía cinco años. Cuando decidí perpetrar mi particular alegoría a un mundo perfecto. El día de nochebuena tenía un misión, aniquilar a un ser a su imagen y semejanza, como para contrarrestar y mostrar mi gratitud a este maravilloso mundo que creó Dios nuestro señor. Bueno eso era al principio, después ya lo hacía ese día más bien por tradición. Porque tengo que reconocerlo, matar engancha. Dejar de matar es peor que desengancharse de la droga. Aunque para que no se me fuera de las manos mataba sólo una vez al año. Este año le había echado el ojo al hijo del alcalde y estaba excitadísimo. Era perfecto, con sus aires de grandeza y de vida ejemplar y estupenda. Siempre elegía ese tipo de perfiles, eran los que más me divertían. Y la escena cuanto más sanguinolenta mejor. Le esperaría en casa de su novia a la que dejaba fielmente antes de irse a casa. Pero primero había que cumplir con la cena de Nochebuena. Con motivo de las fiestas el menú estaba acordado de antemano y le tenía reservada a mi madre una sorpresa a los postres. Un dulce de cabello de ángel muy típico en la gastronomía venezolana. Fue a lo primero que le invitó mi padre cuando se conocieron en la embajada de Venezuela. Mamá lo adoraba. Y mi padre estaría presente en la cena de alguna manera. Llegué al restaurante y ya estaban mi madre y mi cuñado. A mi hermana le habían destinado a Shanghái para un proyecto con el Santander y como mi cuñado no tenía familia cenaba con nosotros. Llegó el camarero para tomarnos nota de las bebidas. Nos trajeron el primer plato.
—Os importa —pidió mi cuñado inclinando la cabeza, — Bondadoso Dios, bendice estos alimentos que con gratitud hemos de tomar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
—Querido, te he dicho un millón de veces que Dios eres tú.
—Si mamá
—No seas condescendiente que sabes que no lo soporto y además no cambia que Dios no existe.
—¡Como que no! Tiene que haber un responsable para la situación en Siria, las violaciones de la India, el hambre del tercer mundo, la explotación infantil, Angela Merkel… ¿verdad?
—Los hombres. Los hombres son los responsables —me respondió mi cuñado.
—Y tu Dios ¿de qué es responsable? Porque le tienes que dar gracias, por ser huérfano o por la leucemia que se llevó a mi nieta —sentenció mamá divertida.
—¿Podríamos cambiar de tema mamá?
—Traslada tu fe, querido.
El resto de la cena se celebró con normalidad. Hasta la llegada del postre. Mamá estaba muy emocionada, aunque no dijo ni palabra lo supe porque me miró de esa manera suya.
El cabello debía de ser de ángel, pero del ángel caído, porque cuando mamá estaba disfrutando de su postre favorito se atragantó. Conseguimos que expulsara el trozo del dulce pero el cuadro se complicó con un ataque de asma y tuvimos que ir directos al hospital. Este imprevisto entorpecía seriamente mis magníficos planes. Caminaba de un lado a otro en la sala espera, suplicando internamente que por fin pudieran dar el alta a mamá. Necesitaba salir de ese hospital. Tenía controlados los movimientos del “elegido” hasta cierta hora, pero podría cambiar de planes y volver a casa en cualquier momento. Pero nada no llegaba el dichoso alta. Por fin salió la enfermera y nos comunicó a mi cuñado y a mí que tendría que quedarse ingresada. Mamá se negó a que nos quedáramos a acompañarla así que nos fuimos a casa. Y aquí el verdadero problema. Mi cuñado me pidió que si no me importaba prefería dormir en mi casa porque no se sentía con fuerzas para estar solo en la suya después de haber estado en el hospital.Demasiados recuerdos.No hubo manera de negarse. Dejó el coche en el hospital y subimos en el mío hacia mi casa. Mi cuñado hablaba sin parar. No tengo ni la menor idea sobre que, lo único que recuerdo es que era constante. Empecé a sudar a pesar de que estábamos a cinco bajo cero y se me había estropeado la calefacción del mercedes. Mi cuñado continuaba con su serenata y yo pensando en cómo podía ingeniármelas para deshacerme de él y salir de casa sin que se diera cuenta. Pero al llegar a casa se le antojó tomar una copa. Empezó a hablarme de como echaba de menos a mi hermana. Resoplando me aparté el flequillo del pelo por enésima vez y miré el reloj. Demasiado tarde. Mis planes se habían ido al garete. Y no había manera de cerrarle la boca a mi cuñado. No me había quitado el abrigo, me toqué el bolsillo izquierdo y allí estaba el cutter. Lo saqué y empecé a jugar con el mecanismo, sacando y metiendo la hoja metálica. Mi cuñado seguía con el parloteo. Y de pronto hizo un silencio. Yo seguía jugando con el cutter. Tomo un sorbo de su gin tonic. La hoja metálica estaba fuera. Se sonrió.
—Tremenda tu madre con lo de Dios por cierto. Siempre con la misma cantinela.
Me levanté y le asesté una puñalada con el cutter y le rebané el cuello. Dio un chillido ahogado. El primer momento de autentico de placer de la noche. Sangraba como un cerdo en San Martín. Tenía la cara salpicada y un nuevo chorro me dio en los ojos. Me limpie la cara y contemplé como se desangraba poco a poco. Decididamente mi hermana va a estar mucho mejor. Lo peor vino después. Nunca antes había asesinado en casa. Me pasé el resto de la noche limpiando. Porque después de aquello estaba todo echo un poema. Menos mal que las paredes del salón eran de estuco y pude limpiarlas aunque no sin poco esfuerzo. Metí temporalmente a mi cuñado en una tinaja gigante que tenía en las bodegas. Ya amanecía cuando me metí en la cama satisfecho y feliz. Sonó el despertador y fui camino del hospital a ver a mamá.
—Buenos días querido. ¿Y tú cuñado? —preguntó extrañada.
—Uy mamá, ayer estaba muy muy raro. Yo creo que ha encontrado a Dios.


Fin.



jueves, 12 de diciembre de 2013

El Reino del Tiempo

Jazmín escuchó ruidos en la puerta de casa y corrió destartalada escaleras abajo.
—Papá, que te pasa, Papá —sollozó Jazmín al ver el estado en que estaba.
Ya había caído la primera nevada en el Reino del Tiempo y el frío no le ayudaba. El padre de Jazmín volvía a casa malherido después de haberse enfrentado con los buitres dragón en el bosque del desaliento para poder llegar a la mina. Era la tercera vez este año que había intentado llegar a las minas y conseguir el oro para salvar la vida de su pequeña. Pero en esta ocasión sus heridas eran muy graves y sabía que no podría conseguir a tiempo reunir el tributo. Caminaba con dificultad luchando contra el viento intentando no caerse a cada paso. No podía pasar la noche a la intemperie en su estado y no había encontrado aún ningún refugio. Cada vez le era más duro caminar hasta que dio un último paso antes de caer al suelo contra la nieve. No podía continuar. Pasó casi una hora cuando un unicornio alado lo recogió y lo llevó a casa.
— Jazmín , hija mía, lo siento mucho —Asiendo débilmente su huesudo brazo—. No lo he conseguido. Debes huir. Coge el unicornio y huye. Huye esta misma noche. — Y perdió el conocimiento.
Después de curarle las heridas, la madre de Jazmín le pidió que hiciera caso a su padre. No podían arriesgarse a que se quedara y vinieran las crónicas de la Reina Ananké.
La Reina Ananké vivía en el Palacio amurallado de Cronos junto a sus hadas del tiempo, las crónicas, como todos las conocían. Las crónicas eran muy hermosas. Tenían unos grandes ojos color miel, larguísimas pestañas, su pelo rubio y muy corto contrastaba con su piel tostada, y como vestido tan solo unas manchas rayadas, negras, naranjas y ocres que les cubrían todo el cuerpo. Sus alas de un hilo de oro tan fino como la seda completaban la visión más espectacular que el ojo humano hubiera visto jamás. Pero su belleza transmitía el frio de sus sentimientos, eran tan implacables como su Reina ambiciosa y cada 10 de diciembre salían a sobrevolar todos los lugares del reino para recaudar los tributos de oro. Si alguna familia no les pagaba, agitaban sus alas, sobre el miembro más joven de la casa, y soltaban unos polvos que consumían la vida de aquellos a quienes tocaba.
Jazmín discutió largo rato con su madre. Si se marchaba, quien moriría sería ella. No quería dejar que cargara con su destino. En sus 15 años de vida jamás se había sentido tan desgraciada. Pero al final, con sus enormes ojos azules plagados de lágrimas, accedió a marcharse. Le prometió a su madre que se dirigiría al Oeste hacia el Reino del Azar donde las crónicas no podían entrar. A una niña sola le darían asilo sin trámite alguno y le abrirían las fronteras de inmediato. Allí estaría a salvo.
Estaba preparando su macuto y encontró en el desván una vieja espada de su padre. Cogió la espada del suelo.
—Ya soy mayor —dijo cayendo hacia atrás al levantarla—. Yo salvaré a mi familia.
Se marchó aún con lágrimas en los ojos a los lomos del unicornio alado. Y cuando estaba segura de que su madre no podía verla, cambió de dirección. Se dirigía al bosque del desaliento, y aunque sólo tenía dos días estaba dispuesta a llegar a las minas y conseguir el oro.
Había amanecido y entonces pudo ver lo bonito que era el Unicornio. Tenía las alas y la cola de un nácar tornasolado que a la luz del sol se podían ver todos los colores del Arco Iris.
—Te llamaré Arco Iris —dijo resuelta.
—Arco Iris… Menuda chorrada —respondió para el asombro de Jazmín. Me llamo Unicornio. Don Unicornio.
—¡¿Hablas?! . Y además como. Por qué no has hablado hasta ahora.
—Hablar por hablar. Yo solo hablo cuando tengo algo que decir.
—Comprendido Señor Unicornio.
—Don… Don Unicornio.
—Perdón, Don Unicornio. Tengo que darte las gracias por salvar a mi padre. Si no le hubieses traído a casa… Me pregunto cómo estará ahora. —Y al mirar hacia atrás un destello le deslumbró.
Eran las torres del Palacio Amurallado. Era todo de oro y su resplandor podía verse desde cualquier parte del reino.
—¡Claro! El palacio está lleno de oro —exclamó ocurrente.
—Te has vuelto loca chiquilla —le reprendió Don Unicornio—. No tienes idea a dónde vas.
—No tengo mucho tiempo para conseguir el oro y si para eso tengo que ir al palacio, iré —resolvió Jazmín.
—¿Y qué harás con los centinelas?
—¿Qué centinelas? ¿No sabía que hubiese centinelas? ¿Hay muchos? Da igual. ¡Me da igual! Lo voy a conseguir. Y lo voy a conseguir. —Cada vez más atropellada.
Resultó que Don Unicornio conocía muy bien el palacio y sabía cómo entrar esquivando a los centinelas. Así que cambiaron de rumbo. Habían pasado muchas horas sin probar bocado y aunque estaban escasos de tiempo también tenían que reponer fuerzas así que decidieron parar a tomar un tentempié. Además así podrían idear un plan con tranquilidad. El sol brillaba con fuerza y desde el cielo vieron un prado destellante parecía un campo de diamantes, era tan bonito. Decidieron comer allí, no iban a encontrar un sitio mejor. El prado estaba lleno de flores silvestres de colores y molinillos de viento. Fue muy agradable descansar en la hierba fresca por un rato. Jazmín saco unas cuantas provisiones que había preparado en su macuto y Don Unicornio pastó a placer. Ultimaron los detalles del plan y volvieron a ponerse en marcha camino al palacio de la ciudad amurallada.
Ya entrada la noche tal y como habían planeado Jazmín entró por el pasadizo que le había indicado Don Unicornio. Tenía que buscar algo pequeño que pudiera transportar fácilmente y poder llevarse la pieza de oro. Fue a dar detrás de un seto que daba a un sendero completamente iluminado con burbujas de cristal llenas de luciérnagas. Pero prefirió seguir un camino oculto detrás de los setos. Llegó a un pequeño huerto en el que se cultivaban todo tipo de vegetales. Y entonces lo vio, una pequeña azada, por supuesto de oro como todo en palacio. Iba a salir de su escondite cuando vio una sombra descomunal acercarse al huerto con algo que parecía una regadera de forma extravagante. Seguía acercándose y ahora podía ver su aspecto monstruoso. Tenía una especie de trompa corta por nariz y todo su cuerpo estaba cubierto de un pelo verde. Sus manos eran enormes garras y tenía una joroba que deformaba aún más su cuerpo. Jazmín estaba asustada. El monstruo seguía avanzando y se dirigía hacia ella. No sabía si la había descubierto. Se paró justo al lado de unas calabazas gigantes y se puso a regarlas. Aunque de la regadera en lugar de agua salían unos polvos azules y blancos como de purpurina. Brillaban a la luz. Un ratoncillo paso entre las piernas de Jazmín haciendo ruido y el monstruo miró hacia donde ella estaba. Esta vez sí que le había descubierto. Caminó hacia atrás con manos y piernas intentando huir pero se trastabilló dándose un golpe en la cabeza y se quedó inconsciente.
Niña buena, niña buena, repetía, mientras le acariciaba el pelo con sus garras. Encontrar a alguien era una auténtica novedad, siempre estaba solo, la única compañía que tenía era la de las hadas del tiempo cuando querían algo de él. Le hablaban a gritos y le daban puntapiés para que se diese prisa en hacer las cosas, también le daban puntapiés si se equivocaba, si estaban mal humor, o si aparecía de manera inoportuna.., bueno en realidad le daban puntapiés por casi todo.
Cuando abrió los ojos estaba en los brazos de aquel monstruo. Jazmín estaba paralizada, aunque al menos le parecía pacifico. Cuando el monstruo se dio cuenta de que estaba despierta se puso muy contento y empezó a agitarla de arriba abajo como si fuera un muñeco.
—Basta, basta, por favor —gritó.
Entonces el monstruo se asustó, la soltó de golpe y Jazmín se dio un culazo. Cuando vio lo que había hecho se fue a un rincón y escondió su cara entre las manos.
—No pasa nada, estoy bien —dijo dirigiéndose hacia él.
El monstruo se destapo la cara y mostró la más amplia de sus sonrisas ilusionado por tener una amiga. La cogió en volandas y la sentó en una silla frente a una mesa redonda con un mantel, un tapete de ganchillo blanco y un gran cenicero de oro en medio.
—Té, té, té… —Moviéndose por toda la cocina, buscando tazas, y utensilios.
—No, no. Muchas gracias pero debo irme. —Levantándose hacia la puerta. Pero el monstruo volvió a sentarla de nuevo y continuaba con su cantinela. El monstruo le sirvió el té y un buen trozo de pastel de calabaza.
—De acuerdo, si me lo das me quedaré a tomar el té —dijo señalando el cenicero. —sólo el té, rápido y me voy. —Ya con la taza en la mano.
—Bueno. Comer. Fuerte. Tú. Comer, comer —insistía el monstruo con el pastel, dándole el cenicero de oro y diciendo que si con la cabeza.
Jazmín estaba nerviosa tenía que llegar a casa antes de que amaneciera. Al día siguiente era 10 de diciembre y las crónicas podían salir en cualquier momento. Casi se atragantó con el pastel y al final el monstruo le ayudó a salir, aunque se despidió con lágrimas en los ojillos. Don Unicornio la estaba esperando y salieron volando a casa. Ya había salido el sol cuando llegaron y Jazmín entró atropelladamente gritando emocionada.
—Mamá, Papá lo he conseguido, lo he conseguido, tengo el oro, mamá, tengo el oro.
Asombrada fue a abrazar a su hija, mientras Jazmín sacaba el cenicero de su mochila. Pero… oh sorpresa. El cenicero se había convertido en piedra. Y justo en ese momento entraron las crónicas a reclamar su oro. La madre de Jazmín les suplico que les dieran más plazo, que cuando se recuperara su marido les darían el doble de oro. O que por favor consumieran su vida y no la de su hija. Pero las crónicas eran frías e implacables. Agitaron sus alas, espolvorearon sobre Jazmín unos polvos como de purpurina azules y blancos y salieron volando indiferentes. La madre de Jazmín lloraba desconsolada tirada en el suelo donde había estado rogando por la vida de su hija. Pero mientras tanto ella no notaba nada.
Pasaron las horas y seguía como si tal cosa. Entonces su padre recuperó la consciencia. Le explicaron todo lo que había pasado, la aventura con Don Unicornio, el palacio amurallado, y como tomó el té y pastel con su querido amigo el monstruo que regaba las calabazas con esos polvos azules y blancos.
—¡Calabazas! —exclamó el padre. –Había oído hablar de ellas mucho tiempo atrás. ¡Esas calabazas eran mágicas!
—¡¿Mágicas?! —grito asombrada.
—¡Sí! ¡Estamos salvados, estamos salvados!
Y este fue el inicio de la caída del imperio de la Reina Ananké y sus hadas del tiempo.

Fin.