martes, 27 de enero de 2015

El Coronel Mechado, las Naranjas y el Azahar.

Estuve toda la noche ansiando el alba. Tenía que contarle al Sr. Mechado lo que acababa de descubrir. Era coronel de la caballería, aunque ahora volvía a ser panadero. No quería saber nada de caballos ni de regimientos. Vivía en el primero derecha desde que cambiaron las farolas de aceite por las de luz eléctrica en la calle del pez. El semestre pasado. Solo. Llevaba recio bigote y raya a un lado. El pelo lo peinaba para alisarlo pero le quedaba una onda que le abultaba un poco como al centro de la cabeza. Y olía a azahar. Había rondado a la Juanita desde chico. Era de esos que se enamoran para toda la vida y una vez, no más. Le llevaba una naranja todos los miércoles a la salida de la escuela y la acompañaba a casa mientras le contaba historias para oírle reír. Como le gustaba la risa de Juanita. “Cuando ríe me pone contento” decía el Coronel Mechado.

Cuentan que estuvo en una guerra, no sé en cual, pero si era de la caballería debía de ser en un sitio muy lejano. No me imagino a los caballos entrando en la ciudad. Las guerras siempre las he supuesto en el campo, con espacio para batallar. Quien lucha entre farolas y adoquines, y mucho menos con caballos.

El Coronel y La Juanita después de tantos miércoles de naranjas terminaron ennoviados y mientras él estuvo en la guerra, esa de campo abierto, ella esperó cada una de sus cartas. Cada mañana, ansiosa, le preguntaba al cartero.

—¿Hay algo para mí, señor Altuvez?

El señor Altuvez era alto y delgado y no se podía decir que no fuera apuesto. Lucía pelo negro y bigote fino. Siempre trajeado y con perfume de violetas y sauco. Rara esencia para un caballero, pero así olía el administrador de la correspondencia de Villavirtuosa. Le echó el ojo a la muchacha y a cada poco se le perdían más cartas.

—Claro que hay. Ya me encargo yo. —y cada día le daba una flor y alguna vez, también carta, para no levantar la liebre.

El Coronel seguía escribiendo cartas, aunque le llegaban muy pocas respuestas. Cuando le llegaban, le hacían subir el bigote y achicar los ojos. Lo que menos se imaginaba él, era que tenía un contrincante y que los amoríos con su novia andaban en la cuerda floja. La casa de ella estaba llena de flores. Y la correspondencia, cada vez era más de guerra. Vamos que iban ya para siete meses que no se recibían cartas ni de un bando ni de otro. Hasta el punto que la Juanita, pensó que el coronel o había muerto o le había puesto sustituta. Así que un día, después de mucho insistir el cartero, aceptó merienda y caminata. Pasearon. Pasearon por la ribera del río y arropados por la sombra de los castaños se dieron el primer beso. Se lo contó al día siguiente a todo Villavirtuosa el Sr. Altuvez. Repartía el correo y extendía la noticia de su compromiso con la guapa, que algunos la llamaban. De las letras que le envío un buen amigo, llegó el rumor al Coronel que saltó a lomos de su caballo para reconquistar a su amada. Pero la mala fortuna nunca viene sola, e hizo que a los pies de la villa cayera del caballo, se golpeara con una piedra y perdiera el ojo derecho. Así, lisiado, el Coronel sintió que no era suficiente para la Juanita y desde entonces se escondía de ella. Entre harinas de madrugada y en su casa el resto del día. Yo siempre le he tenido mucho aprecio. Me daba mucha pena verle así, cada día, caminando sin alma y con su ojo puesto en los pies. Por eso cuando supe de las tretas del cartero, pasé la noche velando el momento de darle cuenta.

—¡Qué tramposo! —exclamé indignado recordándolo.

—¿Por qué? —preguntó, subiendo las cejas, el nuevo vecino.

—¡Escondía las cartas!

—¿Qué cartas? —preguntó cada vez más desconcertado.

—Las que le escribía a la Juanita. La otra noche en la taberna, me leyó una de ellas entre carcajadas. Me contó que las tiene escondidas en la panera.—y con la mano en el pecho añadí. —Palabra de portero.

Cuando se lo conté al Coronel, se puso el uniforme, cogió la espada, su mejor parche y bajó lanzado escaleras abajo. Yo quería seguirle. Por mediar en caso de hecho catastrófico. Evitar que se metiera en problemas. Pero claro no podía dejar la portería, lo primero a mi deber. Uniformado y ya en la calle se hizo con un caballo, blanco como en los cuentos, y a horcajadas fue cabalga que cabalga. A partir de aquí ya te cuento por referencias. Al parecer, no fue a ver a su amada sino al Sr. Altuvez. Llegó a su casa y escaleras arriba, montado en su caballo, a voz en grito subía, espada en mano, soltando improperios y retándole en duelo.

—¡Insidioso repugnante! —gritaba el coronel muy enojado. —¡Confesarás maldito!

Con el rabo entre las piernas y el bigotillo tembloroso por la ventana huyó el cartero. Fue a esconderse en una panera que usaba para guardar las castañas que recogía del huerto. No tenía intención de salir ni a tiros. Allí se había reunido todo el pueblo, haciendo corrillo, al olor del cotilleo. Cuando el Coronel bajó de vuelta las escaleras, cientos de manos acusadoras apuntaban a una en dirección a la panera y este fue directo en su busca. El cartero para defenderse, desde lo alto de una claraboya, empezó a tirar sacos de castañas para hacer caer al caballo. En estas, llegó la Juanita, sin tener idea del entuerto. Preguntaba que pasaba pero la gente al verla, le hacía paso sin contestar. Cuando llegó a la entrada de la panera y se encontró de espaldas al caballo se produjo una ovación general. El Coronel se volvió a mirar. Ella al verle, sufrió tentativa de desmayo, pero era una mujer de gran fortaleza y logró sostenerse. Aunque, al parecer se quedó sin palabra. Ambos con la boca abierta se miraban. En ese momento un golpe de viento trajo hasta ella el olor a azahar y volvió el amor. El cartero que seguía tirando sacos de castañas, del último de ellos comenzaron a llover además las miles de cartas que había ocultado y así en tremenda estampa se descubrió la trama. El resultado termina en la boda del Coronel Mechado y la Juanita, de la que hoy soy testigo por derecho, de amigo y de portero.

viernes, 18 de julio de 2014

Una razón egoista


El proceso de creación es lo más satisfactorio que he experimentado jamás. Empieza invadiéndote una historia. Rondándote en la cabeza y acaparando toda tu atención. Cualquier suceso o palabra que llega a ti en esos días en que estas fraguando un relato tienen un escrutinio diferente. Analizas y cribas lo que encaja y no encaja con tu personaje, con tu cuento, si podría o no podría sucederle. Entras en un mundo en el que tienes absoluto poder y todo encaja, por supuesto a tus ojos. Y en la fase de escritura, cuando te dejas llevar y entras en Estado Creativo, nada de lo que esté pasando en tu vida importa. Puedes ser la persona más desgraciada o afortunada del mundo que tu sentimiento es el mismo. Ninguno. Vives el aquí y ahora concentrada en darle forma y transmitir lo que sucede en tu relato. Esa es mi razón egoísta, el tener un diván mágico en el que me tumbo a vivir el presente sin importarme nada más.

miércoles, 14 de mayo de 2014

VUELA ALTO

Abrí el cajoncito de la cocina y descubrí que mis pastillas adelgazantes habían desaparecido. Tenía que averiguar quién había sido la mal nacida que me las había robado. Deseaba matarla, aunque a la vez no podía evitar pensar que yo en su lugar seguramente, también habría hecho lo mismo. Conseguirlas había sido mi obsesión y no iba a permitir perderlas así como así. Después del invierno que había pasado. Sin cine, releyendo libros viejos e incluso metiéndome en la cama a las ocho para no tener que encender la calefacción. Todo por ahorrar unos euros de mi escaso sueldo. Pero no podía pensar en otra cosa. Conseguirlas, conseguirlas, conseguirlas. Quería ser delgada y haría lo que fuera necesario. Dos mil quinientos euros. Para mí una cifra inalcanzable. Con todos los esfuerzos que había hecho, en cuatro meses no había ahorrado ni ochenta. Y eso que ya había reducido el presupuesto para el supermercado, hasta perdí un poco de peso y todo. Al final comprendí que iba a tardar toda una vida en poder comprarlas. Yo quería que se fijara en mí, el chico que cada mañana me encontraba tomando café en el office de la oficina. Antes de que llegara a vieja, si fuera posible. Tuve que tomar una decisión drástica. Acudí al mercado ilegal de órganos y así lo logré. Me compré el último prodigio en pastillas adelgazantes y aún tenía remanente para renovar el vestuario cuando se obrase el milagro. Me había costado un riñón y cuatro meses de penurias reunir el dinero para conseguirlas. Y su robo no iba a quedar impune.

Supe lo que era la felicidad el día que, aún con los puntos recientes en el costado izquierdo, recibí el paquete. Rompí el papel de plástico transparente que envolvía la cajita y allí estaban, cuatro hermosos blíster, con diez perlas color dorado cada uno. Cuarenta perlas en total que significaba decir adiós a cuarenta kilos que me venían acompañando desde los quince años. Sería una mujer delgada. Me imaginaba encima de la báscula viendo como oscilaba el peso en 58 y 59 kilos con una sonrisa desde la bañera hasta el bidet. Solo había utilizado un blíster, diez días, diez kilos, ya me veía paseando de la mano del chico del office. El lunes incluso me atreví a levantar la mirada cuando entró en la sala. Las pastillas me habían costado un riñón, pero su sonrisa valió por todo un año de sesiones de diálisis. Y ahora que había empezado el acercamiento me habían robado las pastillas.

Tenía que reflexionar. Solo podía pensar o cocinando o comiendo. Así que me puse a batir cinco huevos, con los que me hice una tortilla de patata que me comí junto con, dos bolsas de doritos, y medio queso semicurado de mi pueblo, mientras reflexionaba acerca de la lista de posibles sospechosas.

No había muchas personas que pudieran acceder al cajoncito de mi cocina. También habrían podido entrar sin que yo estuviera, pero lo veía menos probable. Así que me centraría en la primera opción.
¿Quién había entrado en mi casa en las últimas veinticuatro horas? Como cada día había venido Doña Carmen, la cotilla del quinto a contarme las novedades del edificio. El del gas, para comprobar el contador. De momento a este lo descartaba porque, aunque el uniforme le venía pequeño cuatro tallas, no parecía preocupado por el tema. También había venido Cristinita, la hija de la del tercero. Mini yo, me había contado Doña Carmen que la llamaban, cuando la veían conmigo. Ella no había podido ser, era gorda pero honrada y la niña más dulce que había conocido. Me quería mucho. Ella también estaba descartada. ¿Sería Doña Carmen entonces? Sabía que las tenía, eso seguro, pero robármelas… me costaba creerlo. Un momento, pensé, ¡se me había olvidado! Mari Luz, mi vecina de al lado, había venido aquella tarde a pedirme unas pilas. ¡Pilas! Hummm… que sospechoso. Se pide un poco de sal, pero ¿pilas? Seguro que Doña Carmen le había dicho donde tenía las pastillas y quería sacarme de la cocina.

Si, era ella. Mari Luz desde que tuvo a su principito, parecía la mascota de un anuncio de galletas, bueno se parecía a mí. Andaba siempre a régimen. Claro no me las iba a devolver. Pero ya me las apañaría para recuperarlas. Saltaría desde mi terraza, cuando la abuela se llevara al principito de paseo. Seguro que en internet encontraría un tutorial para aprender a abrir la puerta. Al día siguiente no fui a trabajar y justo a las 10 escuche la puerta de Mari Luz. La hora del paseo. Fui corriendo a la terraza, puse mi taburete escalón al lado de la repisa y me encaramé a ella. Por más que lo intentaba era incapaz de alcanzar con un pie la terraza de mi vecina, mis noventa kilos de peso, tampoco es que ayudasen. Pensé que la tabla de planchar podría servirme de puente. ¡Mala idea! Ahora lo sé. Conseguí llegar al otro lado pero hice contrapeso, se cayó la tabla, me golpeó en la cabeza y perdí el equilibrio. Terminé colgada de las manos de una de las tejas. De aquella, el ruido, como no, alertó a Doña Carmen que al asomarse y verme allí colgada, se puso a gritar.

—¡Paloma! Hija, ¡Palomitaaaa! —Chillaba desconcertada. —¿Pero que haces ahí? Ayuda, por Dios, ayuda que Palomita se va a romper la crisma.

En ese momento entro la abuela en la terraza. Intentó ayudarme pero claro no pudo conmigo y caí dos pisos abajo.

—¡Voló! —sentenció Doña Carmen.

Directa al hospital. Una pierna, un brazo y tres costillas rotas. Aquí empezó mi verdadera tortura. ¡Cinco meses en el hospital! Cinco meses de puré sin sal, pescado blanco y manzanas Golden. Todo tan.., sin color. ¡Qué espanto! Aunque tengo que reconocer que me vino muy bien. El tercer mes había perdido veinte kilos. Ríete tú de las pastillas milagrosas. Una cama dura y comida sin sal, ya te digo yo que te adelgazan. Además el fisio me puso las pilas y me ponía los electrodos a tal potencia, que parecía electroshock más que gimnasia pasiva. Los otros veinte los perdí después, en casa, pero de la mala leche cuando vi a Cristinita, “mini yo”, que había bajado cinco tallas. Nada más verla me apunté a boxeo, que la vida siempre da nuevas oportunidades y nunca se sabe.
El día que llegué a la oficina después de mi baja de larga duración, me encontré a Pablo en el office.

—Hola. ¿Quieres un café? —me dijo sonriendo mientras metía las monedas en la máquina de vending. —¿ Eres nueva verdad? Yo soy Pablo.


Fin.



jueves, 10 de abril de 2014

LA POLVERA

Al más puro estilo de galán clásico, el primer día que me invitó a salir, me llegó a casa una caja con un gran lazo. Lo inusual fue el regalo. Unos preciosos zapatos rojos, y en una esquina entre los papeles del envoltorio apareció la polvera.

No sé qué hizo que me enamorara de él. Que pudo cautivarme de un chico inseguro, desgarbado y con ese tono rosáceo tan británico. ¿Su sentido del humor? Siempre conseguía hacerme reír. Y esa manera suya de mirarme, la profundidad del azul y a la vez transparencia de sus ojos. Una mirada de niño grande, una mirada de la que te puedes fiar. Sí, me inspiraba confianza. Desde aquella noche, era lo que único que podría convencerme de volver a salir con un hombre.

Me puse los zapatos, un vestido beige y aunque no era lo usual, me animé a maquillarme.

Aunque trabajábamos juntos, le conocí en el metro. Era mi segundo día en el hotel. Iba despistada pensando en cómo no meter la pata y se acercó a mí en el vagón.

—No tendrás hilo dental en el bolso —me dijo sonriente. —Eh… no —le contesté con la cabeza baja. —Soy Pep, de recepción —se presentó extendiéndome la mano. —¡Del hotel! —añadió al ver mi cara asustada.
Me dejaba, a escondidas, fresas en la parte trasera del bar del hotel, sin tan siquiera llegar a verme. Y cada semana, traía a mi portal, tulipanes amarillos, junto con una invitación a cenar. Yo, durante 7 meses, bajaba a recibirle en la calle para rechazarle. Y por sistema, «¿Un café no me negarás?», me respondía con una sonrisa enorme. Y pasábamos la tarde, ante un café, de eterna charla. Poco a poco cada uno de sus gestos fueron apartando capas de resistencia a su género.

Tenía las manos grandes, grandes y torpes, grandes y hábiles. Casi iguales a las del hombre de aquella noche, cuando mientras me sujetaba contra la pared, tiró de mi camisa arrancando todos los botones de un golpe.

¿Quién se presenta pidiendo hilo dental en el metro? Por eso no me extrañó que la polvera apareciera entre los zapatos. La tomé como parte del regalo. Y usé la polvera por primera vez. Y al momento de aplicarme los polvos translucidos, olvidé aquella maldita noche que llevaba persiguiéndome desde hacía cinco años. Fue un olvido sin transición, sólo deje de recordarlo, sin más. La cita fue inolvidables. Y así, verdad tras verdad, y con la barbilla mirando hacia arriba, una mañana me desperté entre sus sabanas. Me había enamorado.
Los próximos cuatro años, fueron amor, tranquilidad y calma. Y muchos otros malos recuerdos se me borraron al utilizar la extraordinaria polvera, aunque yo era inconsciente de ello. Me sentía cada vez mejor, más segura, y mi existencia más justificada en el mundo.

Pero la ley de compensación del universo, tentada por la perfección, hizo acto de presencia. No estoy segura de, sí mi actitud fue lo que procesó el cambio en él o sin más estaba latente. Limpia de mis temores pasados. Un día, tanto amor, pasó de extraordinario a formar parte del trato, y dejé de valorarlo. Y empecé a contar faltas, en lugar de atenciones. Me creía con derecho de ser amada por el mero hecho de ser yo.

Como todos, él también tenía un sueño. Había inventado un aparato electrónico programable para suministrar píldoras y como por milagro convenció a una vieja gloria de televisión para que invirtiera en su proyecto. Debía de fabricar en China y se mudó allí unos meses para hacer contactos y conocer las fábricas. Y poco a poco apareció otro Pep en escena. En un principio pensé que era la distancia, y lo pasé por alto. Pero llegó el momento en que, a pesar de sus reticencias decidí sacar un billete de avión y presentarme en Guangzhou.

Me recogió en el Aeropuerto por la mañana. Yo aturdida después de las casi quince horas de viaje, lo único que quería era ducharme y descansar. Pero Pep había quedado con el dueño de una fábrica e insistió en que lo acompañara. La cita fue interminable, nos enseñaron las instalaciones, luego suplicaron enseñarme la ciudad e invitarnos a cenar. Nos trataban con absoluto servilismo y adoración. Un halo de tradicionalismo lo envolvía todo, que contrastaba con las infinitas luces de neón que decoraban la ciudad. Pep tenía una mirada distinta, estaba absolutamente endiosado. Y lo discutía todo. Llegó al punto de, yo ceder y él empezar de nuevo la discusión aludiendo a un malentendido. Me agotaba. A veces sólo podía llorar.

Llevaba una semana en Guangzhou, y parecía que a ratos recuperaba al Pep del que me enamoré. Estaba un poco más tranquilo y decidió dedicar el día a hacer turismo. Sólo tenía que acudir a una reunión por la mañana. Teníamos que en el tren de las 7:55. Él había sacado los billetes de antemano. Pero cuando llegamos al andén eran las 7:53 y el tren estaba saliendo.
Se dirigió a reclamar a la taquillera. Exigía que le dieran gratis otro billete porque el tren había salido antes. Ella le negaba muy educada y dándole mil explicaciones. Su ira iba aumentando hasta que perdió la paciencia.

—¿!Cómo te llamas!? —le preguntó Pep amenazante. La taquillera no le contestó. Y fue entonces cuando alargó su mano y le arrancó la identificación que llevaba colgada al cuello de cuajo.

—¿¡Pep!? —dije aterrorizada, mientras uno tras otro volvían a mi cada uno de los recuerdos que se había y fue cuando entendí el funcionamiento de la polvera. Volví a recordar aquella noche, aquella maldita noche en que aquel hombre de manos grandes me arrancó la camisa e hizo saltar los botones de mi confianza. Y eche a correr. Corrí todo lo lejos que pude. La segunda vez es más difícil, pero aprendí a no perder la esperanza, porque el amor abrió mi corazón de nuevo. Y mi memoria está intacta.

Fin.

jueves, 27 de marzo de 2014

EL ALMENDRO DE ALICIA

Al ver la marca rosa, me asaltaron dos pensamientos. El tener que criarte sola y que fuera para toda la vida. Habían destinado a tu padre a un pueblecito cerca de Tucson. Fuiste engendrada el día más maravilloso y a la vez uno de los más tristes de mi vida. Aún puedo sentir el amor y el dolor al evocarlo. Era la primera vez que iba a separarme de él. Para llegar al alma, amamos nuestros cuerpos desde todos los ángulos. Inundamos de besos nuestra habitación. Nos desgastábamos con la yema de los dedos, buscando la esencia del otro, como para conservarla en la memoria del tacto. La emoción desbordada y las caricias de aquel día florecieron en mi vientre.

Leí su carta una vez más. Auto convenciéndome de que nada cambiaría. Sentada en la sala 6 recordaba la mañana en que le despedía en el mismo aeropuerto donde en aquel momento le esperaba. Cuando me dijo que le trasladaban a Arizona, en un primer instante sentí una tenaza en el pecho. Dos años. Cuantas cosas pueden pasar en dos años. Le dije adiós ante la barrera del control de policía, intentando contener las lágrimas y con una media sonrisa que se alegraba por él. Mi cabeza procesaba millones de alternativas de ruptura. ¿Encontraría otra mujer?, o quizá un día se levantase y se daría cuenta de que no me echaba de menos. “Amor, sabes que nunca habría querido hacerte daño, pero…” . Estaba muerta de miedo. Qué ironía nunca pensé que la situación pudiera ser tan distinta. Era su primera visita después de casi nueve meses. Y aunque la sensación de incertidumbre permanecía, en esta ocasión contaba más otro factor. Tú. Podía decepcionarme o ser maravilloso. Si hubieses llegado unos días más tarde seguramente habría sido todo absolutamente distinto. Pero somos hijos de nuestro tiempo como decía mi madre. Y siempre fuiste de lo más oportuna.

No parabas de darme patadas. Había desayunado colacao, como siempre pero creo que no era el azúcar lo que te inquietaba. Sabías que algo importante iba a pasar.

Llevaba exactamente tres meses fuera cuando decidí a hacerme la prueba. Manteníamos contacto por carta. Y no había tenido valor para contarle nada. Cada uno de los días de los seis meses restantes me había debatido entre mi profundo amor por ti y un miedo infinito por perder a tu padre. La familia. Siempre evitaba hablar de ello. En mi fuero interno sabía que para él, dos era más que suficiente. Era todo tan perfecto. Hasta el momento había preferido callar.

Sin embargo el destino quiso ponerlo encima de la mesa. ¿Un error, o mi ferviente deseo había sido más fuerte que los medios de control? Como explicarlo en una carta. Estuve a punto de contárselo el día que consiguió llamarme por teléfono. Pero hacía tanto tiempo que no hablábamos y estábamos tan contentos, que no fui capaz. Además prefería ver sus ojos. Sentí otra patadita. Dios. ¿No iba a llegar nunca? Me preguntaba durante la eterna espera en la terminal de llegadas. Cuando se abrieron las puertas automáticas y le advertí su cara al verme, me desmoroné. Me desmoroné físicamente y además, rompí aguas. Me desperté en un taxi con tu padre, asustado, por única vez en su vida. Y entonces, si pude ver su mirada, la mía, la que me dedicaba solo a mí. No me hizo ninguna pregunta. Sólo susurraba una y otra vez. “Tranquila. Tranquila.” . Fluctuaba entre el dolor de las contracciones y la calma que me traía su voz hipnótica.

Te dimos a luz juntos, en el paritorio yo me encargaba de lo físico y tu padre de todo lo demás. Y junto a un grito conciso viniste al mundo. Te cogió en brazos e hizo inventario de cada parte de tu cuerpo hasta que terminó satisfecho con los deditos del pie. Llegó a casa y plantó el almendro del jardín y le bautizó con tu nombre. “El almendro de Alicia” dijo. Y supe que era tuyo para siempre, cambiaste todo mi mundo. Tal y como había soñado que fuese. No se separó de ti durante todo el tiempo que estuvo en España. Pero tenía que volver a Arizona, aunque en esta ocasión fue tu padre quien se despedía con media sonrisa. El vuelo a Tucson fue rastreado por 26 países, 29 aviones, 18 barcos, 6 helicópteros y decenas de satélites, pero como en la más increíble ficción se dio por desaparecido sin el más mínimo indicio de él. Tú y ese almendro sois lo único que me queda de tu padre. Por eso a los dos os miro como extraordinario. Como si cada vez, fuera la última y no pudiera volver a contemplaros. Así como esa mirada de tu padre, la suya, la que me dedicaba solo a mí.


fin.

martes, 4 de marzo de 2014

CADA CUAL QUE SE AGARRE A SU ÁRBOL

Reconozco que antes había tenido cierta tendencia psicosomática, pero jamás pensé que pudiera llegar a manifestarse de este modo tan bestial. Todo empezó el mismo día que me hice millonaria y perdí a mi novio. Eduardo era directivo de Bet & Win. El típico negro guapo, alto, bien formado y con esa cara de éxito irresistible a toda mujer. Me tenía coladísima. Era nuestro aniversario y le había comprado un regalo porque esperaba que me pidiera matrimonio durante la cena. ¡MATRIMONIO! Tenía un ataque de nervios continuo y pasaba de contenta a asustada de un segundo a otro… «Valeria Nistal, ¿aceptas a Eduardo Jackson como tu legítimo esposo?», me repetía una y otra vez imaginando la ceremonia. Yo solo quería pasar la mañana mimándome para tener una cara virginal y relajada cuando le diera el sí, pero él me había pedido el favor de que asistiera en su lugar a aquel dichoso partido benéfico. Y, como siempre, no pude negarme.

Solo pensaba en la boda, y no le estaba haciendo ni caso al partido, hasta que un estruendoso gol acaparó la atención del público, y un señor muy gordo que tenía a la derecha, tremendamente oportuno, me bañó enterita en cerveza. Empapada y ojiplática observaba incrédula a aquel gordo maleducado saltar y gritar «gol» sin descanso. Me disponía a increparle cuando recibí una notificación en el móvil. «Número: 87952, Fracción: 6, Serie: 3, Euros: 1.170.000,00». Tenía el corazón a mil. ¡Era mi número! ¡Al que estaba suscrita desde hacía ocho años! Me olvidé del incidente, me abracé al señor gordo y empezamos a saltar juntos. Mientras él seguía embriagado por el gol, yo celebraba que era millonaria. Entonces pensé en Eduardo, y me separé del gordo. ¡Era millonaria! ¡Tenía que contárselo!... ¿O quizá no? Mejor se lo diría después. Sería total. Un «SÍ» apoteósico.

De camino a casa vi un coche averiado en el arcén. Pero tenía que relajarme y ponerme guapísima para cenar con mi novio. Peluquería, manicura, maquillaje... ¡No tenía tiempo! Luego pensé que Eduardo no lo aprobaría y decidí llamar a la Guardia Civil.

—Guardia Civil, buenos días.
—Acabo de ver una boda averiada en la carretera —supongo que diría yo.
—¿Una boda? Lo siento, señorita…

No escuché más y, al oír «boda», un calor repentino me subió por la espalda. Me puse muy muy nerviosa y empezó a darme vueltas la cabeza. La cena, la lotería, el vestido, el compromiso, el gordo. Todo era un cóctel de emociones. Y, sin saber cómo, mi cabeza empezó a arder por combustión espontánea. Solté el volante para sofocar el fuego con las manos.

—¡Mi pelooo! ¡Mi pelooo! —gritaba espantada.

Vi que iba a chocar contra un muro, di un volantazo hacia el lado contrario y perdí el control del coche, que empezó a dar vueltas sobre sí mismo. Terminé en la cuneta con dos ruedas en el aire. Dos horas después conseguí llegar a casa. Estaba horrible. Tenía un ojo violeta y mi pelo parecía haber pasado por un peluquero de la legión. Para el ojo, maquillaje, pero qué iba a hacer con mi pelo. ¡No podía dejar que Eduardo me viera así, despeluchada!

Entonces me acordé. La vecina padecía alopecia nerviosa y tenía una peluca sensacional. La tenía que conseguir. ¿Pero cómo? Negaba su calvicie enérgicamente. Probé suerte, pero terminé con la puerta en las narices y, aunque le supliqué, no hubo manera. Lloraba desesperada en mi habitación y sonó el timbre. Al abrir la puerta y ver al marido de mi vecina con la peluca, lo miré como si estuviera separando las aguas del mar rojo. Cerramos el trato por mil euros y, cuando Eduardo me recogió, estaba feliz y espectacular con mi precioso vestido verde.
Me llevó al restaurante de nuestra primera cita. Pero la cena no fue como esperaba. En otra mesa celebraban el ochenta y cinco cumpleaños de un cascarrabias que estaba dando la lata con una radio que encendía cada cuarto de hora. Y, como Eduardo estaba muy frío, decidí darle mi regalo antes de tiempo.

—Darling… yo no te he comprado ningún regalo —dijo apartándolo a un lado.
—No pasa nada —contesté cogiéndole la mano.
—No tuve tiempo. Valeria, hace un año que no tengo tiempo para nada. No soy bueno para ti… No te cuido como debería. Y sé que no voy a tener tiempo para cuidarte —añadió bajando la cabeza.

¿¡Me estaba dejando!? ¡Si tenía que pedirme que nos casáramos! ¿¡Qué había hecho mal!? Estaba a punto de llorar. Empecé a sudar y a respirar con dificultad. Volví a notar que aumentaba la temperatura de mi cuerpo, y mi cabeza comenzó de nuevo a dar vueltas y vueltas. Y otra vez a somatizar, siempre logro sorprenderme. En esta ocasión, sentí cómo desde dentro de mi cuerpo brotaban millones de pinchos finitos y transparentes rasgándome la piel y atravesando mi vestido. ¡Era como un cactus!

—¡Ay! —Protestó Eduardo apartando la mano con mal gesto.

El viejo encendió las noticias. «V.N. son las iniciales de la ganadora del primer premio de la Lotería Nacional del pasado 11 de febrero. Está suscrita al número 87952 desde hace ocho años, pero aún no se ha presentado a reclamar el premio. Iniesta…».
Se levantó y me abrazó como el que se agarra a una rama que encuentra en mitad de la caída libre de un precipicio. Al separarse de mí, minúsculas gotitas de sangre manchaban su impecable camisa blanca y en ese momento supe que Eduardo no era mi árbol. «Al día siguiente empecé con estas clases de autocontrol emocional aunque, por ahora, sin frutos», le lloriqueaba a mi coach sorbiendo la nariz, mientras cómo una autómata sacaba el miniextintor del bolso para apagarme la falda.

Fin.

viernes, 31 de enero de 2014

¿DÓNDE ESTA MI RELOJ DESPERTADOR VIOLETA?


 
Desde su cama estrecha de cabecero y patas de forja, sujetaba la manta cubriéndose la cara hasta los ojos, mirando, asustada, el vibrar del enorme reloj despertador negro de cuernos redondos.
Que como cada día, con un estrepitoso ring le instaba a cumplir su eterna condena. Arrastrar los pies por un camino recto, gris y sin horizonte. Pero aquella tarde ¡oh! Mariposa. A la mañana siguiente,
aún dormida en su enorme cama de patas de madera y cabecero acolchado, un olor a lilas emanaba de su pequeño reloj despertador violeta que le invitaba a caminar por una senda maravillosa sin obstáculos.
Pero aquella tarde ¡ups! Piedra. Y Cayó al suelo. Por la mañana, desde su gigante y acolchada isla vacía se despertó preguntándose donde estaba su reloj despertador violeta. Pero aquella tarde ¡ups! Piedra.
Y aprendió a levantarse. La tercera mañana se despertó ansiosa por recorrer su camino contenta por encontrar Mariposa o, a lo mejor, Piedra. 
 
Fin.

miércoles, 22 de enero de 2014

EL OJO DEL VIENTO Y SULAYMÂN


Logré escabullirme con el diamante en mi poder. Tenía que llegar de inmediato a la calle azahar, antes de que se dieran cuenta. Corría sin descanso. Si seguía a ese ritmo llegaría en pocos minutos. Reconocí a uno de los hombres de Sulaymân. Mierda, ya están aquí. Tenía dos opciones seguir el recorrido de los alminares o atravesar por el zoco. Me decidí por el zoco. Estaría atestado de gente y me sería fácil hacerme invisible. Giré la primera calle y en el segundo cruce me tropecé con el primer tenderete. Se mezclaba el olor a sudor, con otros de especias, tés, y comidas rápidas. No quería mirar atrás. Si conseguían alcanzarme era una mujer muerta, o algo mucho peor. Jadeando del esfuerzo, avanzaba todo lo deprisa que me permitía el ir y venir de la gente. Me toqué la cartera que llevaba pegada al costado para ver que la piedra seguía en su lugar. Giré un momento la cabeza y pude ver que aún me seguían. Apreté el ritmo, atropellando a mi paso todo el que se ponía por delante. Llegué a una pequeña plaza. Tenía tres salidas, si tomaba la del suroeste apenas me quedarían quince metros para salir del barullo. Mis perseguidores ganaban terreno. Volví a tocarme el costado. Tenía que llegar, tenía que llegar, pensaba. Pero arrollé a un mendigo y se acortó la distancia que me separaba de la fatalidad. Casi sin aire, forcé un poco más. Alguien me agarro el tobillo desde abajo. Forcejeé intentando desasirme. Miré hacia el suelo, pero no veía de quien procedía la mano. Tiraron de mí y dejé de notar tierra bajo mis pies. Caí unos siete metros hacia abajo.
Había perdido el conocimiento por unos minutos y lo primero que hice fue llevarme la mano al costado y… ¡horror! ¡El diamante había desaparecido!
La piedra había pertenecido a los Adaditas. Llegó a mi familia, porque el patriarca del linaje de Bani Kolab agradeció que mi abuelo salvara la vida de su único hijo regalándole, su bien más preciado. El diamante con la talla más perfecta y precisa que se haya visto. Simula la forma del ovalo de un ojo, y si miras a través de él puedes ver un perpetuo remolino azul intenso. Por este motivo se conoce como El Ojo del Viento. Sulaymân quería apoderarse de el a toda costa. Pero no era su belleza ni su gran valor lo que ambicionaba. El Ojo del Viento tiene el poder de controlar las pasiones de los hombres y él lo sabía. Usaría su poder para encender la ira de los ciudadanos y hacer la revolución contra el nuevo gobernante. No podía permitir que Sulaymân se hiciera con él. Nunca debí pensar en venderla. Me vi metida en esa maraña y sin haber recibido una moneda. Me trasladé hasta la ciudad donde me sería más fácil vender el diamante y en cuanto lo puse en circulación para tasarlo me lo robaron aquellos malditos rufianes.
Me encontraba en una galería  muy oscura, solamente entraba un poco de luz por la rendija del techo de donde yo había caído. No entendía nada. En los planos que había memorizado de la ciudad no figuraba ningún pasadizo subterráneo en la zona del zoco. No sabía si había sido alguno de los hombres de Sulaymân quien me la había robado. En realidad podría haber sido cualquiera, lo que dificultaba la búsqueda. Después de unos minutos me había acostumbrado a la oscuridad y pude distinguir que la estancia estaba vacía y de ella partía una sola galería hacía el interior de la cueva. Pensé que el ladrón podría haber tomado ese camino, aunque podría ser una trampa. Quizá sería mejor salir al exterior. En el zoco se podía averiguar cualquier cosa si preguntabas a los tipos adecuados. Hice un reconocimiento visual buscando todas las opciones de salida que tenía. Miré hacia arriba. Demasiado alto para volver por donde había llegado, así que comencé a inspeccionar las paredes de roca con la esperanza de encontrar alguna otra trampilla y evitar la galería principal. Parecía que no había ningún otro agujero por donde colarme, así que decidí caminar hacia adelante. Al cabo de unos metros, pude distinguir claridad que provenía de unas antorchas que colgaban a los lados del recorrido. Seguía avanzando al encuentro de la luz y empecé a escuchar una música. Era un sonido muy alegre, pero sobre todo inapropiado o más bien inesperado diría yo. En un país como Egipto te imaginas una banda sonora de laudes y flautas. Y sin embargo el violín sonaba exultante. Alegre y vivaracho. Y aunque sola y casi a oscuras la encontrara inquietante y aterradora, me sentía atraída sin remedio por esa música. Pero me resistía a dejarme deleitar por ella. Quería mantenerme alerta con los cinco sentidos. Sin embargo y como si fuera una especie de preludio amoroso, me abandonaba a ella un paso y me resistía al siguiente y así todo el camino. Aunque me ganaba terreno el abandono a cada tramo un poco más. Y empecé a sentir que tenía que descubrir de donde procedía esa melodía. El lado racional que aún conservaba despierto, tenía presente en todo momento que podía estar en riesgo mi vida , pero aun así, acepté la situación y seguí avanzando a través de las galerías seducida por esa música tan especial.
Por fin después de un recodo la galería se abría a una gran sala atestada de gente. El suelo estaba ligeramente inclinado hacia abajo adquiriendo la forma de anfiteatro, de manera que podía ver lo que pasaba en toda la pieza. Seguí acercándome. Parecía que se celebraba una gran fiesta. Hombres, mujeres y niños se agolpaban en torno a una mujer bellísima que bailaba a su propio son. La bailarina movía su cuerpo como si hubiera perdido el esqueleto, giros y contornos imposibles para que sonaran los adornos que colgaban de las costuras de su falda. Se acercaba y alejaba mirando fijamente al círculo humano que rodeaba su espectáculo de danza. Ónices, profundos, pintados al estilo egipcio que parecían prometer una vida de sueños, de pasiones y agravios. Una vida de aventura continúa. Pero sobre todo una vida libre, muy libre.
Sentí una presión en el pecho, una presión ausente al peligro, me sentía por el contrario excitada, atraída por esa mujer. No me había pasado nunca antes. No sabía si era su mirada o aquella música, o quizá la danza, pero sentía como crecía en mí una inquietud, un desasosiego. Ávida por satisfacer mi deseo, me hice paso entre la gente, acercándome más y más con la mirada fija en aquella bailarina de negros bucles perfectos. No sabía que iba a hacer cuando llegara, pero surgía de mí una fuerza irrefrenable que me obligaba a seguir avanzando hacia ella. Había olvidado la promesa que había hecho a mi abuelo, el diamante, ni siquiera tenía consciencia de quien era. Un cuerpo dirigido por un instinto primario. Casi había alcanzado la primera fila cuando pude observar cómo se escapó un deseo de sus ojos, se paró un poco más de un instante delante de un espectador. Como si hubiese salido de un estado hipnótico, me paré en seco recobrando, la inhibición, más que el control de mis actos. Miré a aquel hombre y le desee también. Fui la bailarina y el espectador. Recordé sus vidas por un momento, y fue como si las hubiera vivido. Seguía parada entre la gente. Pero aquella música seguía sonando y sin saber cómo me descubrí caminando de nuevo hacia aquella bailarina. Y llegué hasta ella y me fundí en su danza y recorrí con ella el círculo humano, dando vueltas sobre mi misma, a mi propio compás y arropada por aquella maravillosa música de violines. Y entonces en uno de mis giros vi, al final, en lo alto, la figura de Sulaymân, llenando la sala con su presencia altiva y poderosa. Y volví a pararme un momento, pero aquella música seguía sonando y a pesar del pánico, triunfó la pasión y seguí bailando y girando, abandonándome y generando mis propios recuerdos. Entonces el anhelo de mi bailarina unió su torso a los nuestros y a continuación el circulo humano se deshizo hermanando cuerpos y pies con nuestro baile. Todo lo demás se ha borrado de mi mente. Al día siguiente amanecí en un parque. Y allí tumbada, aún con los ojos cerrados, recordé mi primer baile y se me antojó pensarme más persona, más humana y más libre.  Lo primero que vi al abrir los ojos fue un árbol y me supe a salvo. Y al tocar la tierra lo descubrí, El Ojo del Viento había vuelto a mis manos. Apreté los puños y cerré los ojos de nuevo. No recogí mis cosas, ni quise averiguar nada más, me embarque en el primer navío que salió del puerto y me marche de allí sin volver la mirada.  Nunca más supe de Sulaymân, ni supe quién me empujó a las galerías, ni que se celebraba en esa fiesta, ni siquiera como amanecí en aquel parque a la mañana siguiente. Lo único que sé es que ese día en las galerías, conocí el deseo en estado puro, sin atender a género ni condición, fui mujer y fui hombre, por vez primera un ente libre de las ataduras del cuerpo. Y así fue como recuperé el diamante de mi abuelo. Con mi pasión, de la única forma posible que se podía recuperar la joya con la talla más precisa y más perfecta del universo. La más hermosa que jamás se ha visto. Aquella que tiene el poder de controlar las pasiones de los hombres. El Ojo del viento.
 
Fin.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Alegoría

Nochebuena. Frente al espejo. Terminé de ajustarme el nudo de la corbata. Me puse la chaqueta y alise las solapas con las manos. Sonreí y pensé lo perfecto del momento. Me puse el abrigo, comprobé el bolsillo izquierdo y salí zumbando hacia el restaurante con el sentimiento continuo que me acompañaba los últimos meses del año desde hacía cinco años. Cuando decidí perpetrar mi particular alegoría a un mundo perfecto. El día de nochebuena tenía un misión, aniquilar a un ser a su imagen y semejanza, como para contrarrestar y mostrar mi gratitud a este maravilloso mundo que creó Dios nuestro señor. Bueno eso era al principio, después ya lo hacía ese día más bien por tradición. Porque tengo que reconocerlo, matar engancha. Dejar de matar es peor que desengancharse de la droga. Aunque para que no se me fuera de las manos mataba sólo una vez al año. Este año le había echado el ojo al hijo del alcalde y estaba excitadísimo. Era perfecto, con sus aires de grandeza y de vida ejemplar y estupenda. Siempre elegía ese tipo de perfiles, eran los que más me divertían. Y la escena cuanto más sanguinolenta mejor. Le esperaría en casa de su novia a la que dejaba fielmente antes de irse a casa. Pero primero había que cumplir con la cena de Nochebuena. Con motivo de las fiestas el menú estaba acordado de antemano y le tenía reservada a mi madre una sorpresa a los postres. Un dulce de cabello de ángel muy típico en la gastronomía venezolana. Fue a lo primero que le invitó mi padre cuando se conocieron en la embajada de Venezuela. Mamá lo adoraba. Y mi padre estaría presente en la cena de alguna manera. Llegué al restaurante y ya estaban mi madre y mi cuñado. A mi hermana le habían destinado a Shanghái para un proyecto con el Santander y como mi cuñado no tenía familia cenaba con nosotros. Llegó el camarero para tomarnos nota de las bebidas. Nos trajeron el primer plato.
—Os importa —pidió mi cuñado inclinando la cabeza, — Bondadoso Dios, bendice estos alimentos que con gratitud hemos de tomar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
—Querido, te he dicho un millón de veces que Dios eres tú.
—Si mamá
—No seas condescendiente que sabes que no lo soporto y además no cambia que Dios no existe.
—¡Como que no! Tiene que haber un responsable para la situación en Siria, las violaciones de la India, el hambre del tercer mundo, la explotación infantil, Angela Merkel… ¿verdad?
—Los hombres. Los hombres son los responsables —me respondió mi cuñado.
—Y tu Dios ¿de qué es responsable? Porque le tienes que dar gracias, por ser huérfano o por la leucemia que se llevó a mi nieta —sentenció mamá divertida.
—¿Podríamos cambiar de tema mamá?
—Traslada tu fe, querido.
El resto de la cena se celebró con normalidad. Hasta la llegada del postre. Mamá estaba muy emocionada, aunque no dijo ni palabra lo supe porque me miró de esa manera suya.
El cabello debía de ser de ángel, pero del ángel caído, porque cuando mamá estaba disfrutando de su postre favorito se atragantó. Conseguimos que expulsara el trozo del dulce pero el cuadro se complicó con un ataque de asma y tuvimos que ir directos al hospital. Este imprevisto entorpecía seriamente mis magníficos planes. Caminaba de un lado a otro en la sala espera, suplicando internamente que por fin pudieran dar el alta a mamá. Necesitaba salir de ese hospital. Tenía controlados los movimientos del “elegido” hasta cierta hora, pero podría cambiar de planes y volver a casa en cualquier momento. Pero nada no llegaba el dichoso alta. Por fin salió la enfermera y nos comunicó a mi cuñado y a mí que tendría que quedarse ingresada. Mamá se negó a que nos quedáramos a acompañarla así que nos fuimos a casa. Y aquí el verdadero problema. Mi cuñado me pidió que si no me importaba prefería dormir en mi casa porque no se sentía con fuerzas para estar solo en la suya después de haber estado en el hospital.Demasiados recuerdos.No hubo manera de negarse. Dejó el coche en el hospital y subimos en el mío hacia mi casa. Mi cuñado hablaba sin parar. No tengo ni la menor idea sobre que, lo único que recuerdo es que era constante. Empecé a sudar a pesar de que estábamos a cinco bajo cero y se me había estropeado la calefacción del mercedes. Mi cuñado continuaba con su serenata y yo pensando en cómo podía ingeniármelas para deshacerme de él y salir de casa sin que se diera cuenta. Pero al llegar a casa se le antojó tomar una copa. Empezó a hablarme de como echaba de menos a mi hermana. Resoplando me aparté el flequillo del pelo por enésima vez y miré el reloj. Demasiado tarde. Mis planes se habían ido al garete. Y no había manera de cerrarle la boca a mi cuñado. No me había quitado el abrigo, me toqué el bolsillo izquierdo y allí estaba el cutter. Lo saqué y empecé a jugar con el mecanismo, sacando y metiendo la hoja metálica. Mi cuñado seguía con el parloteo. Y de pronto hizo un silencio. Yo seguía jugando con el cutter. Tomo un sorbo de su gin tonic. La hoja metálica estaba fuera. Se sonrió.
—Tremenda tu madre con lo de Dios por cierto. Siempre con la misma cantinela.
Me levanté y le asesté una puñalada con el cutter y le rebané el cuello. Dio un chillido ahogado. El primer momento de autentico de placer de la noche. Sangraba como un cerdo en San Martín. Tenía la cara salpicada y un nuevo chorro me dio en los ojos. Me limpie la cara y contemplé como se desangraba poco a poco. Decididamente mi hermana va a estar mucho mejor. Lo peor vino después. Nunca antes había asesinado en casa. Me pasé el resto de la noche limpiando. Porque después de aquello estaba todo echo un poema. Menos mal que las paredes del salón eran de estuco y pude limpiarlas aunque no sin poco esfuerzo. Metí temporalmente a mi cuñado en una tinaja gigante que tenía en las bodegas. Ya amanecía cuando me metí en la cama satisfecho y feliz. Sonó el despertador y fui camino del hospital a ver a mamá.
—Buenos días querido. ¿Y tú cuñado? —preguntó extrañada.
—Uy mamá, ayer estaba muy muy raro. Yo creo que ha encontrado a Dios.


Fin.



jueves, 12 de diciembre de 2013

El Reino del Tiempo

Jazmín escuchó ruidos en la puerta de casa y corrió destartalada escaleras abajo.
—Papá, que te pasa, Papá —sollozó Jazmín al ver el estado en que estaba.
Ya había caído la primera nevada en el Reino del Tiempo y el frío no le ayudaba. El padre de Jazmín volvía a casa malherido después de haberse enfrentado con los buitres dragón en el bosque del desaliento para poder llegar a la mina. Era la tercera vez este año que había intentado llegar a las minas y conseguir el oro para salvar la vida de su pequeña. Pero en esta ocasión sus heridas eran muy graves y sabía que no podría conseguir a tiempo reunir el tributo. Caminaba con dificultad luchando contra el viento intentando no caerse a cada paso. No podía pasar la noche a la intemperie en su estado y no había encontrado aún ningún refugio. Cada vez le era más duro caminar hasta que dio un último paso antes de caer al suelo contra la nieve. No podía continuar. Pasó casi una hora cuando un unicornio alado lo recogió y lo llevó a casa.
— Jazmín , hija mía, lo siento mucho —Asiendo débilmente su huesudo brazo—. No lo he conseguido. Debes huir. Coge el unicornio y huye. Huye esta misma noche. — Y perdió el conocimiento.
Después de curarle las heridas, la madre de Jazmín le pidió que hiciera caso a su padre. No podían arriesgarse a que se quedara y vinieran las crónicas de la Reina Ananké.
La Reina Ananké vivía en el Palacio amurallado de Cronos junto a sus hadas del tiempo, las crónicas, como todos las conocían. Las crónicas eran muy hermosas. Tenían unos grandes ojos color miel, larguísimas pestañas, su pelo rubio y muy corto contrastaba con su piel tostada, y como vestido tan solo unas manchas rayadas, negras, naranjas y ocres que les cubrían todo el cuerpo. Sus alas de un hilo de oro tan fino como la seda completaban la visión más espectacular que el ojo humano hubiera visto jamás. Pero su belleza transmitía el frio de sus sentimientos, eran tan implacables como su Reina ambiciosa y cada 10 de diciembre salían a sobrevolar todos los lugares del reino para recaudar los tributos de oro. Si alguna familia no les pagaba, agitaban sus alas, sobre el miembro más joven de la casa, y soltaban unos polvos que consumían la vida de aquellos a quienes tocaba.
Jazmín discutió largo rato con su madre. Si se marchaba, quien moriría sería ella. No quería dejar que cargara con su destino. En sus 15 años de vida jamás se había sentido tan desgraciada. Pero al final, con sus enormes ojos azules plagados de lágrimas, accedió a marcharse. Le prometió a su madre que se dirigiría al Oeste hacia el Reino del Azar donde las crónicas no podían entrar. A una niña sola le darían asilo sin trámite alguno y le abrirían las fronteras de inmediato. Allí estaría a salvo.
Estaba preparando su macuto y encontró en el desván una vieja espada de su padre. Cogió la espada del suelo.
—Ya soy mayor —dijo cayendo hacia atrás al levantarla—. Yo salvaré a mi familia.
Se marchó aún con lágrimas en los ojos a los lomos del unicornio alado. Y cuando estaba segura de que su madre no podía verla, cambió de dirección. Se dirigía al bosque del desaliento, y aunque sólo tenía dos días estaba dispuesta a llegar a las minas y conseguir el oro.
Había amanecido y entonces pudo ver lo bonito que era el Unicornio. Tenía las alas y la cola de un nácar tornasolado que a la luz del sol se podían ver todos los colores del Arco Iris.
—Te llamaré Arco Iris —dijo resuelta.
—Arco Iris… Menuda chorrada —respondió para el asombro de Jazmín. Me llamo Unicornio. Don Unicornio.
—¡¿Hablas?! . Y además como. Por qué no has hablado hasta ahora.
—Hablar por hablar. Yo solo hablo cuando tengo algo que decir.
—Comprendido Señor Unicornio.
—Don… Don Unicornio.
—Perdón, Don Unicornio. Tengo que darte las gracias por salvar a mi padre. Si no le hubieses traído a casa… Me pregunto cómo estará ahora. —Y al mirar hacia atrás un destello le deslumbró.
Eran las torres del Palacio Amurallado. Era todo de oro y su resplandor podía verse desde cualquier parte del reino.
—¡Claro! El palacio está lleno de oro —exclamó ocurrente.
—Te has vuelto loca chiquilla —le reprendió Don Unicornio—. No tienes idea a dónde vas.
—No tengo mucho tiempo para conseguir el oro y si para eso tengo que ir al palacio, iré —resolvió Jazmín.
—¿Y qué harás con los centinelas?
—¿Qué centinelas? ¿No sabía que hubiese centinelas? ¿Hay muchos? Da igual. ¡Me da igual! Lo voy a conseguir. Y lo voy a conseguir. —Cada vez más atropellada.
Resultó que Don Unicornio conocía muy bien el palacio y sabía cómo entrar esquivando a los centinelas. Así que cambiaron de rumbo. Habían pasado muchas horas sin probar bocado y aunque estaban escasos de tiempo también tenían que reponer fuerzas así que decidieron parar a tomar un tentempié. Además así podrían idear un plan con tranquilidad. El sol brillaba con fuerza y desde el cielo vieron un prado destellante parecía un campo de diamantes, era tan bonito. Decidieron comer allí, no iban a encontrar un sitio mejor. El prado estaba lleno de flores silvestres de colores y molinillos de viento. Fue muy agradable descansar en la hierba fresca por un rato. Jazmín saco unas cuantas provisiones que había preparado en su macuto y Don Unicornio pastó a placer. Ultimaron los detalles del plan y volvieron a ponerse en marcha camino al palacio de la ciudad amurallada.
Ya entrada la noche tal y como habían planeado Jazmín entró por el pasadizo que le había indicado Don Unicornio. Tenía que buscar algo pequeño que pudiera transportar fácilmente y poder llevarse la pieza de oro. Fue a dar detrás de un seto que daba a un sendero completamente iluminado con burbujas de cristal llenas de luciérnagas. Pero prefirió seguir un camino oculto detrás de los setos. Llegó a un pequeño huerto en el que se cultivaban todo tipo de vegetales. Y entonces lo vio, una pequeña azada, por supuesto de oro como todo en palacio. Iba a salir de su escondite cuando vio una sombra descomunal acercarse al huerto con algo que parecía una regadera de forma extravagante. Seguía acercándose y ahora podía ver su aspecto monstruoso. Tenía una especie de trompa corta por nariz y todo su cuerpo estaba cubierto de un pelo verde. Sus manos eran enormes garras y tenía una joroba que deformaba aún más su cuerpo. Jazmín estaba asustada. El monstruo seguía avanzando y se dirigía hacia ella. No sabía si la había descubierto. Se paró justo al lado de unas calabazas gigantes y se puso a regarlas. Aunque de la regadera en lugar de agua salían unos polvos azules y blancos como de purpurina. Brillaban a la luz. Un ratoncillo paso entre las piernas de Jazmín haciendo ruido y el monstruo miró hacia donde ella estaba. Esta vez sí que le había descubierto. Caminó hacia atrás con manos y piernas intentando huir pero se trastabilló dándose un golpe en la cabeza y se quedó inconsciente.
Niña buena, niña buena, repetía, mientras le acariciaba el pelo con sus garras. Encontrar a alguien era una auténtica novedad, siempre estaba solo, la única compañía que tenía era la de las hadas del tiempo cuando querían algo de él. Le hablaban a gritos y le daban puntapiés para que se diese prisa en hacer las cosas, también le daban puntapiés si se equivocaba, si estaban mal humor, o si aparecía de manera inoportuna.., bueno en realidad le daban puntapiés por casi todo.
Cuando abrió los ojos estaba en los brazos de aquel monstruo. Jazmín estaba paralizada, aunque al menos le parecía pacifico. Cuando el monstruo se dio cuenta de que estaba despierta se puso muy contento y empezó a agitarla de arriba abajo como si fuera un muñeco.
—Basta, basta, por favor —gritó.
Entonces el monstruo se asustó, la soltó de golpe y Jazmín se dio un culazo. Cuando vio lo que había hecho se fue a un rincón y escondió su cara entre las manos.
—No pasa nada, estoy bien —dijo dirigiéndose hacia él.
El monstruo se destapo la cara y mostró la más amplia de sus sonrisas ilusionado por tener una amiga. La cogió en volandas y la sentó en una silla frente a una mesa redonda con un mantel, un tapete de ganchillo blanco y un gran cenicero de oro en medio.
—Té, té, té… —Moviéndose por toda la cocina, buscando tazas, y utensilios.
—No, no. Muchas gracias pero debo irme. —Levantándose hacia la puerta. Pero el monstruo volvió a sentarla de nuevo y continuaba con su cantinela. El monstruo le sirvió el té y un buen trozo de pastel de calabaza.
—De acuerdo, si me lo das me quedaré a tomar el té —dijo señalando el cenicero. —sólo el té, rápido y me voy. —Ya con la taza en la mano.
—Bueno. Comer. Fuerte. Tú. Comer, comer —insistía el monstruo con el pastel, dándole el cenicero de oro y diciendo que si con la cabeza.
Jazmín estaba nerviosa tenía que llegar a casa antes de que amaneciera. Al día siguiente era 10 de diciembre y las crónicas podían salir en cualquier momento. Casi se atragantó con el pastel y al final el monstruo le ayudó a salir, aunque se despidió con lágrimas en los ojillos. Don Unicornio la estaba esperando y salieron volando a casa. Ya había salido el sol cuando llegaron y Jazmín entró atropelladamente gritando emocionada.
—Mamá, Papá lo he conseguido, lo he conseguido, tengo el oro, mamá, tengo el oro.
Asombrada fue a abrazar a su hija, mientras Jazmín sacaba el cenicero de su mochila. Pero… oh sorpresa. El cenicero se había convertido en piedra. Y justo en ese momento entraron las crónicas a reclamar su oro. La madre de Jazmín les suplico que les dieran más plazo, que cuando se recuperara su marido les darían el doble de oro. O que por favor consumieran su vida y no la de su hija. Pero las crónicas eran frías e implacables. Agitaron sus alas, espolvorearon sobre Jazmín unos polvos como de purpurina azules y blancos y salieron volando indiferentes. La madre de Jazmín lloraba desconsolada tirada en el suelo donde había estado rogando por la vida de su hija. Pero mientras tanto ella no notaba nada.
Pasaron las horas y seguía como si tal cosa. Entonces su padre recuperó la consciencia. Le explicaron todo lo que había pasado, la aventura con Don Unicornio, el palacio amurallado, y como tomó el té y pastel con su querido amigo el monstruo que regaba las calabazas con esos polvos azules y blancos.
—¡Calabazas! —exclamó el padre. –Había oído hablar de ellas mucho tiempo atrás. ¡Esas calabazas eran mágicas!
—¡¿Mágicas?! —grito asombrada.
—¡Sí! ¡Estamos salvados, estamos salvados!
Y este fue el inicio de la caída del imperio de la Reina Ananké y sus hadas del tiempo.

Fin.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Telegrama

Como una especie de estado premonitorio no había pegado ojo en toda la noche. Estaba tomando el desayuno cuando llamaron a la puerta. En principio ni me inmute, pero por la insistencia parecía que no había nadie más en casa. Así que fui a abrir. Un telegrama. Y toma ya, encima a mi nombre. En mi vida había recibido un telegrama. Firmé el resguardo que me dio el cartero y abrí el documento. “Jaime, hijo mío, estoy en el hospital Central de León y no quiero morir sin volver a verte. Por favor ven. Necesito hablar contigo. Francisco. Tu padre.”

Joder, para ser el primer telegrama que recibo no está mal. Hacía por lo menos 16 años que no sabía nada de mi padre. Un día, cuando yo tenía 4 años, desapareció el y la prima Eva que mi madre había traído del pueblo a vivir con nosotros. Tiré el papel en el taquillón del vestíbulo, volví a la cocina y me senté en el taburete a seguir con mi cola cao con galletas. Así que vive en León. Ahora que se está muriendo se acuerda de mí, después de 16 años. Siempre pensé que vivía, aquí en Madrid. Fui a mi habitación y me puse con la guitarra y el ordenador a grabar encima de unas pistas de batería para poder terminar la maqueta. ¿Debería ir? ¿Es mi padre, no? Desde luego sabía que a mi madre le iba a sentar como el culo. Me fui hacia el vestíbulo. “Jaime, hijo mío, estoy en el hospital Central de León y no quiero morir sin volver a verte. Por favor ven. Necesito hablar contigo. Francisco. Tu padre”. Volví a leer el telegrama 3 veces más. ¿Y si fuera? Joder y llego al hospital y después ¿Qué? no le he visto en mi vida. Me gustaría hablar con mi padre, saber que siento. Y mamá porque iba a enterarse. Regresé a mi habitación y continúe tocando la guitarra un rato más. Pero seguía con la historia en la cabeza. Llamé a información y pregunte por la dirección del Hospital Central de León. En León, ¡no había otro sitio más cerca! Pero lo tenía decidido, tenía que ir. Cogí las llaves del coche de mi madre y salí decidido a plantarme allí, a ver que me decía.

Me monté en el coche. Piiiiii. Sin gasolina. De puta madre, mi “querido” padre muriéndose y yo luchando con el conflicto del petróleo y sin un chavo. Hice unas cuantas llamadas para recaudar fondos, pero todos mis colegas eran solidarios con la economía del país. Y me vino a la cabeza el tío que tocaba la guitarra en el metro. Era perfecto. Volví a casa a por la guitarra y a por mí ampli. Y allí me plante con gorra y todo. Empecé con instrumental pero como parecía que no persuadía los bolsillos me anime con el lírico a lo smelly cat. Yo no sé si daba pena o risa, pero la cuestión es que llegué a plantearme si ver a mi padre o seguir con la racha y ganarme una pasta. En 2 horas tenía suficiente para la gasolina y un bocata. Así que tire carretera y ampli y cogí dirección León. Llegué hasta el hospital, pregunté en información y cuando subía a la planta… tritono.

—Hola. No, no estoy en casa. —Sí. —Ya pero tenía 10 euros. —Sí, mamá estoy con Marco, pero en 3 horas estoy en casa.

Me di la vuelta, cogí el ascensor y llegué a casa 3 horas después.

—Te quiero mamá —le dije por primera vez a mi madre mientras le daba un beso.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Red de contactos

Todos los días a las 8 de la mañana de los últimos 11 meses me sentaba en mi escritorio frente a mi ordenador aplicando a las pocas ofertas laborales que se adecuaban a mi perfil profesional. Me llamo Gonzalo Mejía, tengo 35 años, 10 años de experiencia como ingeniero industrial y estaba encantado de encontrarme en proceso de búsqueda de empleo. Y no me entiendan mal, que vago no soy, pero la situación de “no activo” se adecuaba a mis planes a la perfección. Porque desde que perdí el trabajo, me podía dedicar de lleno a emborronar cuadernos con tachones, corregir mis textos en busca de palabras concretas y tratar de encontrar cocodrilos gigantes para amenizar mis relatos, tal como aconseja Zapata. Porque lo de ser ingeniero industrial fue idea de mi padre. Yo me recuerdo pequeñajo y siempre con un libro en la mano, y cuando no, estaba contando historias a mi hermana Ana, la niña de la casa. Lo de cuentista siempre ha sido lo mío. Pero yo sabía que ser escritor no estaba entre las profesiones aceptables por mis progenitores. Había que ser ingeniero como Dios manda. Así que Ingeniero Industrial, pero gracias a cosas de la vida y las inversiones desastrosas del director de la empresa en la que trabajaba, estaba sin jefe, sin proyectos, sin novia, ni padres que frustraran mis planes. Era mi momento, mi ahora o nunca, para dedicarme de lleno a mi vocación. Aunque por supuesto, cada día me empleaba a fondo en mi búsqueda, tenía que cubrir el expediente con mis padres. Además de enviar currículum por internet, iba a todas las entrevistas que me salían y también estuve aprendiendo francés, por eso de distinguirme del resto de los candidatos y ampliar el mercado de búsqueda, aunque en realidad me apunté porque me moría de ganas de leer a Flaubert en su lengua materna. Yo les había pedido que no me ayudaran que esta vez quería encontrar trabajo por mí mismo, pero mi padre perdía la paciencia por momentos. Y mientras tanto, poco a poco, mis cuadernos tenían menos tachones, y hacia verdaderos progresos en mis clases de escritura creativa. Todo iba estupendamente hasta que llegó el cumpleaños de mi hermana Ana, la niña de la casa, a la que le leía los cuentos cuando era pequeñajo. Mis padres decidieron dar una fiesta en el jardín de casa para celebrarlo. Invitaron a todos los amigos del club. A los de mi hermana por supuesto, a los míos y a los suyos también. La fiesta estaba siendo un éxito absoluto, bueno para todos excepto para mí. Mi padre se dedicó a contarle mi curriculum a todos sus amigos y hablarle de mis bonanzas como ingeniero y de los éxitos que habían tenido mis proyectos. Y como no, todos tenían algo que ofrecer, o sabían de algún puesto, o tenían un amigo. Pero qué era eso, una fiesta de cumpleaños o una bacanal solidaria por mi causa. No sabía dónde meterme, según pasaban las horas me iba temiendo lo peor, de esta me sale trabajo, fijo, me decía. Y llegó el momento, mi padre volvió a llamarme, esta vez con esa cara de satisfacción que pone cuando las cosas le salen bien.

—Gonzalo, hijo, creo que no conoces a mi amigo Carlos Ortega —me introdujo mientras me pasaba el brazo por los hombros.

—Tu padre me ha hablado de tus proyectos en Tracsa —me dijo mientras me daba la mano— y en mi empresa tengo un puesto en el que podrías ser muy útil.

—Se lo agradezco muchísimo, tenéis la oferta publicada en algún sitio — Mierda de contactos personales, pensé— así puedo enviar mi curriculum.

—No hombre no, pásate mañana por mi despacho, hablamos de los detalles —dándome una palmadita en el hombro — y el lunes empiezas con nosotros.

martes, 19 de noviembre de 2013

En tu busca

Paloma cerró el libro que estaba leyendo, subió la mesita, y estiró las piernas lo que pudo aún en el asiento del avión. Se ajustó el cinturón de seguridad preparándose para el aterrizaje, abrió su cartera y volvió a mirar la fotografía de Don Álvaro Fernandez, su padre. Estaba sonriendo, frente al caballo de la plaza de Legazpi, con su traje marrón a cuadros. Se había pasado media vida contemplándola, cada vez que estaba triste, se refugiaba en esa imagen. Se la acercó al corazón y cerró los ojos con fuerza. Inspiró profundamente el olor a chocolate con churros de las mañanas de los domingos. Podía ver sus zapatos rojos de charol con hebilla y sus calcetines blancos calados. Sintió la brisa de los paseos matutinos hasta el parque del retiro, el tacto de la mano fuerte de su padre, y la emoción por descubrir al Ratoncito Pérez cuando se le caía algún diente. Quería volver y allí estaba a punto de tomar tierra camino de conseguirlo.
En la terminal siguió las indicaciones para llegar al metro. Por un momento pensó en la posibilidad de coger un taxi pero la descartó enseguida. Sola en un coche, empezó a imaginar miles de situaciones posibles y en ninguna salía bien parada. Le pareció más seguro el transporte público. Se bajó en la estación de Atocha, y llegó a la calle delicias, donde estaba el hotel, con la ayuda de un plano.

Después de meter la ropa en el armario y colocar la maleta debajo de una especie de banco de madera, encendió el televisor y al colocar a un lado la bandeja del servicio de habitaciones la apoyo mal y tiró el cuchillo produciendo aquel sonido metálico que le transportaba al horror, a la pena y a la impotencia. Había perdido el apetito. Apartó la bandeja y se fué a la cama.

Paloma era de fealdad interna, su rostro era un mapa de apatía, estancamiento y virginidad pero esa mañana le brillaban los ojos. Se había puesto un vestido nuevo, un modelo discreto, como ella, y le sentaba bien. Se maquilló con cuidado delante del espejo de su habitación de hotel. Puso un poco de rubor en sus mejillas, y se pintó los labios de un rosa palo muy suave, el mismo que había usado la semana pasada para la boda de su mejor y única amiga. Cuando terminó se sentó en la cama y se sonrió. Ahora iría en busca de su nuevo comienzo. Salió de la habitación con la cámara de fotos, ella también quería tener su propio retrato en la plaza de Legazpi. Quería estar en la cartera de su propia hija algún día.
Fue hacia recepción para dejar la llave y preguntar a qué hora cerraba la cocina del hotel. No estaba ninguna de las chicas que le atendieron a su llegada, en su lugar, un hombre de aspecto amable. Cambió de dirección y se sentó a leer uno de los periódicos que había encima de la mesa del hall, prefirió esperar, no quería que nada empañara la mañana. Quince minutos después vio que acababa de llegar una recepcionista, dejó el periódico, y fue hacia allí. Se paró unos pasos delante del mostrador. Tenía esa molesta sensación en el estómago, hizo una mueca entre suspiro y sonrisa, y se dirigió al hombre de aspecto amable. Solo es un hombre, en un establecimiento público. —¡Vamos, Paloma estas a salvo! —se dijo.

Bajaba la calle empuñando su cámara, mirando al frente, orgullosa de si misma y disfrutando el viento frío de febrero en Madrid. Nada ocupaba su mente aparte de su objetivo y según se acercaba a la plaza de Legazpi más amplia era su sonrisa. Ya conseguía ver al caballo que presidía la rotonda, frunció el ceño y ajustó la mirada, había algo raro. Por fin llegó, se paró en seco justo al lado de la maquinaría de las obras del metro. Apretó los labios en un intento de contención, pero al final se rindió a las lágrimas. La cámara se cayó al suelo, se le resbaló de entre las manos.

Cerré la puerta y dejé la mochila en el recibidor.

—Álvaro, por favor —repetía mi madre, con voz pausada—, suéltalo, Álvaro, por Dios. Soy yo Álvaro —le temblaba la voz—, Pilar..., tu mujer.

Fui en dirección al dormitorio de donde provenían las voces.

—No, no, Álvaro, noooo….

Me paré en la entrada de la habitación, ambos miraron hacia mí. Mi padre tenía los ojos desorbitados. Nunca olvidaré esa mirada. Soltó el cuchillo, se miró las manos, miró a mi madre, volvió a mirarme y rompió a llorar. Se manchó la cara con la sangre que tenía en las manos.

—Paloma, hija, vete, sal a dar un paseo, estoy bien… de verdad no ha sido nada—trataba de explicarme mi madre tapándose el brazo—.

—Le han puesto una funda para protegerle de las obras —le explicó un hombre mientras le ofrecía la cámara a Paloma—, al caballo digo. ¿Se encuentra bien? —preguntó al reparar en sus lágrimas.

—Eh —sacudió la cabeza, miró hacia el extraño y huyó corriendo por la boca del metro.


Mencía Quioreng 19/11/2013

domingo, 6 de octubre de 2013

Lola y la ramita de Perejil


Un intenso olor a magdalenas recién hechas salía del horno de la cocina. Una bandeja repleta de ellas en una encimera de mármol, frente a una ventana de doble hoja que daba al jardín. Y al otro lado del horno estaba el fregadero, donde vive Lola.

- Mummmm, magdalenas… - dijo Lola que le llegaba el olor a su casa de debajo del fregadero, donde llevaba viviendo feliz todo el verano. A pesar de la oposición de Doña Úrsula, su madre, recalcitrante defensora de la vida en familia.

- Vivir sola, vivir sola, menuda tontería. - No paraba de repetirle Doña Úrsula. -Será que te falta algo, vamos, vamos, que empeño en meterte en un agujerucho.

Pero Lola era muy tozuda y no había parado hasta dar con el agujero perfecto. Y cuando lo encontró se mudó de inmediato.

Desde que vivía sola, Lola sentía que se había hecho una hormiga adulta y estaba encantada de hacer su propio aprovisionamiento de comida para pasar el invierno. En realidad, estaba resultando bastante fácil, ser una hormiga doméstica tenía grandes ventajas porque encontraba los mejores manjares a tan sólo unos pasos del hormiguero. Cuando vivía con sus padres, en el jardín, podían pasar horas hasta topar con algo decente. Esa mañana por ejemplo, nada más asomar la cabeza debajo de la puerta del armario, dos trozos de las esponjosas y exquisitas magdalenas que había preparado el Sr. García.

Se pasaba los días canturreando, recorriendo las baldosas de loza rojiza de la cocina, buscaba en cada rincón. Recogía y recogía y almacenaba y almacenaba. Y así iba pasando el verano.

- Clon, clon, clon

Una mañana, Lola aún en la cama, se despertó con este sonido. Se preguntaba que podría hacer tanto ruido. Dio un salto y fue hacía la puerta para intentar descubrir que lo provocaba.

- Maldita sea! – Gritó empapada, al salir por la puerta.

La tubería del fregadero tenía una gotera. Y una gota de agua caía sin parar justo delante de su puerta. Chocaba con la superficie de la base metálica del armario y hacía un ruido horrible.

Según iba pasando la jornada, más molesta estaba Lola con la dichosa gotera. Llevaba todo el día mojada y el ruido le estaba volviendo loca. Aunque estaba muy ocupada terminando de llenar la despensa para el invierno. Quedaban pocos días de calor y no había tiempo que perder.

Lola se preguntaba si tendría que soportar el dichoso ruido durante todo el invierno. Tenía que hacer algo al respecto. De momento lo más urgente era poner un tejado para no mojarse, pero el ruido, como iba a solucionar aquel ruido espantoso. ¿Y le daría tiempo a poner un tejado? Desde luego era demasiado tarde para cambiar su hormiguero de sitio, ya tenía la alhacena casi llena y no le daría tiempo a trasladar todas sus provisiones antes de que llegara el frio. El ruido no iba a dejarle dormir ni una sola noche. No paraba de darle vueltas al asunto pero no daba con ninguna solución. Y desde luego a lo que no estaba dispuesta era a volver a casa de sus padres. Eso sí que no.

Después de 3 días, Lola estaba al borde de la desesperación. No había encontrado nada con que fabricar un tejado y se pasaba el día empapada. Caminaba cabizbaja arrastrando las patitas por toda la cocina. En esta ocasión había encontrado una ramita de perejil y se dispuso a llevarla a casa.

Lola pasó sin problemas el rabito de la rama de perejil por el agujero de su hormiguero, pero por más que tiraba no era capaz de hacer pasar las hojas al interior. Se quedaban atascadas en la entrada y no había manera. Lola tiraba y tiraba, estuvo tirando de la ramita durante horas. Estaba jadeando y sudando del esfuerzo. También intentó salir y tratar de empujar las hojas desde fuera pero no cabían por el agujero. Lola agotada se dejó caer al suelo rendida de tanto intentarlo y se puso a llorar de rabia.

Lloraba y lloraba, solo se escuchaba su llanto, Entonces paró un momento, notó algo raro. Y es que cuando dejó de llorar había silencio, ¡no podía escuchar nada! Corriendo salió fuera y pudo comprobar que la gota de agua caía encima de la hoja de perejil y había dejado de hacer un ruido. Las hojas de perejil servían de tejado y además ¡no se mojaba!

Lola empezó a cantar y dar vueltas de felicidad, se había solucionado su problema y gracias a su tejado de perejil podría pasar un feliz invierno sin ruidos en su nueva casa.

lunes, 6 de mayo de 2013

Mi secreto

Latidos agolpan mi pecho

Batalla libra mi vientre

Camino voy al encuentro

Premura tiene mi mente

Recupero mi destino

Solo tenía que escogerte

Y al escogerte

Nuestras vidas creo

Mi familia que ya eres

Con mis deseos cincelo

Con mi sentir y mi fe

Mi experiencia se vuelve.

Explosión de emociones

Completarme con tu abrazo

Y sellar nuestro pacto

“Amarnos siempre”


martes, 26 de marzo de 2013

Soñar Prados verdes

Extraño que mis quimeras activa

Partiendo de una sola mirada

Tú, mi Posesión sentida

Fruto de conexión de palabras

Maldigo la pasada risa

Emoción de enamorada

Que mi esperanza aviva

Que mi realidad acalla

Majadas verdes Soñadas

Impiden matar mi aguarda

Suplico sal en mi herida

Ansío sentir la rabia

Llena mi fardo, miedo

Vuelve a mi desconfianza

Parapeto de sinsabores

Alarma de mis ilusiones

Mata, ahoga mi alma

Para poder resucitarla

Con un amor nuevo

Extraño de mis quimeras

Que vaciará mi fardo

Y me llenará de confianza.



Mencía Quioreng. (Sueño de prados verdes)

lunes, 25 de octubre de 2010

El que siempre Ama.

Déjale ir, si en verdad le amas,

Mírale mientras se aparta

y siéntete feliz, si feliz se marcha

Si en verdad es amor

Con lágrimas en los ojos

Su felicidad abrazas

Y celebras que al menos uno

El amor alcanza.

Siente ese dolor

Que el pecho te atenaza

Y te sabrás crecido

Porque el ego rechazas

Dejando volar libre

Al que de corazón amas.

No temas el futuro

Porque amará el que ama

Y amarás de nuevo

Hasta que en libertad compartas

Todo el amor

Que tu pecho guarda.



Mencía Quioreng

lunes, 6 de septiembre de 2010

Amor Liquido

Amad porque no tenéis mas remedio

Amad porque sois dicha, alegría

Amor del puro, aun en la pena

Construid con ilusión en primavera

Disfrutad del verano y

No os arruguéis cuando llegue el otoño

Amad porque no tenéis más remedio

Sed puro amor, pura dicha

Disolveos en emoción y

Amad porque no tenéis más remedio

Y no os rindáis cuando llegue el invierno

Porque pronto volverá la primavera

Y volveréis a construir con ilusión

Porque si sois amor, amor del puro

Todo pasará ante vosotros

Y daréis amor porque no tendréis más remedio

Porque si solo sois amor no podréis dar otra cosa

Que vuestra casa, sea una casa de amor

Que sea árbol y de frutos

Que recojan vuestro legado

Amad porque no tenéis más remedio

Y en el amor os fundiréis

Porque del amor fuisteis, sois y seréis

Amad porque no tenéis más remedio.

Mencía Quioreng.

Dedicada a mi hermana y a Charly el día de su boda (03 de Septiembre 2010)

martes, 27 de julio de 2010

Amor de Agua

Amor puro, amor de agua
Amor de amiga, de hermana
Sin interés te amo
A cambio de ti, a cambio de nada
Yo te doy porque te quiero
No poseo, no espero
Sólo quiero quererte
Porque te admiro
Y encuentro en ti
Un espejo en el que mirarme
Más guapa, más buena
más generosa y más sincera
porque no te reconocería
si no me viera en ti
y porque existes me reflejo
en tu destello.
Cuanto me das amiga mía
Por compartir conmigo
Y ser parte de mi vida.

Mencía Quioreng

Dedicada a mi hermana y a todas mis amigas, sobre todo a las tres más mejores Mayca, Nurita y Yolita. (por orden alfabetico)

No culpes a nadie - Pablo Neruda

Titulo: No culpes a nadie
Autor: Pablo Neruda (Poeta Chileno, 1904-1973)

Nunca te quejes de nadie, ni de nada,
porque fundamentalmente tu has hecho
lo que querías en tu vida.

Acepta la dificultad de edificarte a ti
mismo y el valor de empezar corrigiéndote.
El triunfo del verdadero hombre surge de
las cenizas de su error.

Nunca te quejes de tu soledad o de tu
suerte, enfréntala con valor y acéptala.
De una manera u otra es el resultado de
tus actos y prueba que tu siempre
has de ganar.

No te amargues de tu propio fracaso ni
se lo cargues a otro, acéptate ahora o
seguirás justificándote como un niño.
Recuerda que cualquier momento es
bueno para comenzar y que ninguno
es tan terrible para claudicar.

No olvides que la causa de tu presente
es tu pasado así como la causa de tu
futuro será tu presente.

Aprende de los audaces, de los fuertes,
de quien no acepta situaciones, de quien
vivirá a pesar de todo, piensa menos en
tus problemas y más en tu trabajo y tus
problemas sin eliminarlos morirán.

Aprende a nacer desde el dolor y a ser
más grande que el más grande de los
obstáculos, mírate en el espejo de ti mismo
y serás libre y fuerte y dejarás de ser un
títere de las circunstancias porque tu
mismo eres tu destino.

Levántate y mira el sol por las mañanas
y respira la luz del amanecer.
Tú eres parte de la fuerza de tu vida,
ahora despiértate, lucha, camina, decídete
y triunfarás en la vida; nunca pienses en
la suerte, porque la suerte es:
el pretexto de los fracasados.