martes, 4 de marzo de 2014

CADA CUAL QUE SE AGARRE A SU ÁRBOL

Reconozco que antes había tenido cierta tendencia psicosomática, pero jamás pensé que pudiera llegar a manifestarse de este modo tan bestial. Todo empezó el mismo día que me hice millonaria y perdí a mi novio. Eduardo era directivo de Bet & Win. El típico negro guapo, alto, bien formado y con esa cara de éxito irresistible a toda mujer. Me tenía coladísima. Era nuestro aniversario y le había comprado un regalo porque esperaba que me pidiera matrimonio durante la cena. ¡MATRIMONIO! Tenía un ataque de nervios continuo y pasaba de contenta a asustada de un segundo a otro… «Valeria Nistal, ¿aceptas a Eduardo Jackson como tu legítimo esposo?», me repetía una y otra vez imaginando la ceremonia. Yo solo quería pasar la mañana mimándome para tener una cara virginal y relajada cuando le diera el sí, pero él me había pedido el favor de que asistiera en su lugar a aquel dichoso partido benéfico. Y, como siempre, no pude negarme.

Solo pensaba en la boda, y no le estaba haciendo ni caso al partido, hasta que un estruendoso gol acaparó la atención del público, y un señor muy gordo que tenía a la derecha, tremendamente oportuno, me bañó enterita en cerveza. Empapada y ojiplática observaba incrédula a aquel gordo maleducado saltar y gritar «gol» sin descanso. Me disponía a increparle cuando recibí una notificación en el móvil. «Número: 87952, Fracción: 6, Serie: 3, Euros: 1.170.000,00». Tenía el corazón a mil. ¡Era mi número! ¡Al que estaba suscrita desde hacía ocho años! Me olvidé del incidente, me abracé al señor gordo y empezamos a saltar juntos. Mientras él seguía embriagado por el gol, yo celebraba que era millonaria. Entonces pensé en Eduardo, y me separé del gordo. ¡Era millonaria! ¡Tenía que contárselo!... ¿O quizá no? Mejor se lo diría después. Sería total. Un «SÍ» apoteósico.

De camino a casa vi un coche averiado en el arcén. Pero tenía que relajarme y ponerme guapísima para cenar con mi novio. Peluquería, manicura, maquillaje... ¡No tenía tiempo! Luego pensé que Eduardo no lo aprobaría y decidí llamar a la Guardia Civil.

—Guardia Civil, buenos días.
—Acabo de ver una boda averiada en la carretera —supongo que diría yo.
—¿Una boda? Lo siento, señorita…

No escuché más y, al oír «boda», un calor repentino me subió por la espalda. Me puse muy muy nerviosa y empezó a darme vueltas la cabeza. La cena, la lotería, el vestido, el compromiso, el gordo. Todo era un cóctel de emociones. Y, sin saber cómo, mi cabeza empezó a arder por combustión espontánea. Solté el volante para sofocar el fuego con las manos.

—¡Mi pelooo! ¡Mi pelooo! —gritaba espantada.

Vi que iba a chocar contra un muro, di un volantazo hacia el lado contrario y perdí el control del coche, que empezó a dar vueltas sobre sí mismo. Terminé en la cuneta con dos ruedas en el aire. Dos horas después conseguí llegar a casa. Estaba horrible. Tenía un ojo violeta y mi pelo parecía haber pasado por un peluquero de la legión. Para el ojo, maquillaje, pero qué iba a hacer con mi pelo. ¡No podía dejar que Eduardo me viera así, despeluchada!

Entonces me acordé. La vecina padecía alopecia nerviosa y tenía una peluca sensacional. La tenía que conseguir. ¿Pero cómo? Negaba su calvicie enérgicamente. Probé suerte, pero terminé con la puerta en las narices y, aunque le supliqué, no hubo manera. Lloraba desesperada en mi habitación y sonó el timbre. Al abrir la puerta y ver al marido de mi vecina con la peluca, lo miré como si estuviera separando las aguas del mar rojo. Cerramos el trato por mil euros y, cuando Eduardo me recogió, estaba feliz y espectacular con mi precioso vestido verde.
Me llevó al restaurante de nuestra primera cita. Pero la cena no fue como esperaba. En otra mesa celebraban el ochenta y cinco cumpleaños de un cascarrabias que estaba dando la lata con una radio que encendía cada cuarto de hora. Y, como Eduardo estaba muy frío, decidí darle mi regalo antes de tiempo.

—Darling… yo no te he comprado ningún regalo —dijo apartándolo a un lado.
—No pasa nada —contesté cogiéndole la mano.
—No tuve tiempo. Valeria, hace un año que no tengo tiempo para nada. No soy bueno para ti… No te cuido como debería. Y sé que no voy a tener tiempo para cuidarte —añadió bajando la cabeza.

¿¡Me estaba dejando!? ¡Si tenía que pedirme que nos casáramos! ¿¡Qué había hecho mal!? Estaba a punto de llorar. Empecé a sudar y a respirar con dificultad. Volví a notar que aumentaba la temperatura de mi cuerpo, y mi cabeza comenzó de nuevo a dar vueltas y vueltas. Y otra vez a somatizar, siempre logro sorprenderme. En esta ocasión, sentí cómo desde dentro de mi cuerpo brotaban millones de pinchos finitos y transparentes rasgándome la piel y atravesando mi vestido. ¡Era como un cactus!

—¡Ay! —Protestó Eduardo apartando la mano con mal gesto.

El viejo encendió las noticias. «V.N. son las iniciales de la ganadora del primer premio de la Lotería Nacional del pasado 11 de febrero. Está suscrita al número 87952 desde hace ocho años, pero aún no se ha presentado a reclamar el premio. Iniesta…».
Se levantó y me abrazó como el que se agarra a una rama que encuentra en mitad de la caída libre de un precipicio. Al separarse de mí, minúsculas gotitas de sangre manchaban su impecable camisa blanca y en ese momento supe que Eduardo no era mi árbol. «Al día siguiente empecé con estas clases de autocontrol emocional aunque, por ahora, sin frutos», le lloriqueaba a mi coach sorbiendo la nariz, mientras cómo una autómata sacaba el miniextintor del bolso para apagarme la falda.

Fin.

viernes, 31 de enero de 2014

¿DÓNDE ESTA MI RELOJ DESPERTADOR VIOLETA?


 
Desde su cama estrecha de cabecero y patas de forja, sujetaba la manta cubriéndose la cara hasta los ojos, mirando, asustada, el vibrar del enorme reloj despertador negro de cuernos redondos.
Que como cada día, con un estrepitoso ring le instaba a cumplir su eterna condena. Arrastrar los pies por un camino recto, gris y sin horizonte. Pero aquella tarde ¡oh! Mariposa. A la mañana siguiente,
aún dormida en su enorme cama de patas de madera y cabecero acolchado, un olor a lilas emanaba de su pequeño reloj despertador violeta que le invitaba a caminar por una senda maravillosa sin obstáculos.
Pero aquella tarde ¡ups! Piedra. Y Cayó al suelo. Por la mañana, desde su gigante y acolchada isla vacía se despertó preguntándose donde estaba su reloj despertador violeta. Pero aquella tarde ¡ups! Piedra.
Y aprendió a levantarse. La tercera mañana se despertó ansiosa por recorrer su camino contenta por encontrar Mariposa o, a lo mejor, Piedra. 
 
Fin.

miércoles, 22 de enero de 2014

EL OJO DEL VIENTO Y SULAYMÂN


Logré escabullirme con el diamante en mi poder. Tenía que llegar de inmediato a la calle azahar, antes de que se dieran cuenta. Corría sin descanso. Si seguía a ese ritmo llegaría en pocos minutos. Reconocí a uno de los hombres de Sulaymân. Mierda, ya están aquí. Tenía dos opciones seguir el recorrido de los alminares o atravesar por el zoco. Me decidí por el zoco. Estaría atestado de gente y me sería fácil hacerme invisible. Giré la primera calle y en el segundo cruce me tropecé con el primer tenderete. Se mezclaba el olor a sudor, con otros de especias, tés, y comidas rápidas. No quería mirar atrás. Si conseguían alcanzarme era una mujer muerta, o algo mucho peor. Jadeando del esfuerzo, avanzaba todo lo deprisa que me permitía el ir y venir de la gente. Me toqué la cartera que llevaba pegada al costado para ver que la piedra seguía en su lugar. Giré un momento la cabeza y pude ver que aún me seguían. Apreté el ritmo, atropellando a mi paso todo el que se ponía por delante. Llegué a una pequeña plaza. Tenía tres salidas, si tomaba la del suroeste apenas me quedarían quince metros para salir del barullo. Mis perseguidores ganaban terreno. Volví a tocarme el costado. Tenía que llegar, tenía que llegar, pensaba. Pero arrollé a un mendigo y se acortó la distancia que me separaba de la fatalidad. Casi sin aire, forcé un poco más. Alguien me agarro el tobillo desde abajo. Forcejeé intentando desasirme. Miré hacia el suelo, pero no veía de quien procedía la mano. Tiraron de mí y dejé de notar tierra bajo mis pies. Caí unos siete metros hacia abajo.
Había perdido el conocimiento por unos minutos y lo primero que hice fue llevarme la mano al costado y… ¡horror! ¡El diamante había desaparecido!
La piedra había pertenecido a los Adaditas. Llegó a mi familia, porque el patriarca del linaje de Bani Kolab agradeció que mi abuelo salvara la vida de su único hijo regalándole, su bien más preciado. El diamante con la talla más perfecta y precisa que se haya visto. Simula la forma del ovalo de un ojo, y si miras a través de él puedes ver un perpetuo remolino azul intenso. Por este motivo se conoce como El Ojo del Viento. Sulaymân quería apoderarse de el a toda costa. Pero no era su belleza ni su gran valor lo que ambicionaba. El Ojo del Viento tiene el poder de controlar las pasiones de los hombres y él lo sabía. Usaría su poder para encender la ira de los ciudadanos y hacer la revolución contra el nuevo gobernante. No podía permitir que Sulaymân se hiciera con él. Nunca debí pensar en venderla. Me vi metida en esa maraña y sin haber recibido una moneda. Me trasladé hasta la ciudad donde me sería más fácil vender el diamante y en cuanto lo puse en circulación para tasarlo me lo robaron aquellos malditos rufianes.
Me encontraba en una galería  muy oscura, solamente entraba un poco de luz por la rendija del techo de donde yo había caído. No entendía nada. En los planos que había memorizado de la ciudad no figuraba ningún pasadizo subterráneo en la zona del zoco. No sabía si había sido alguno de los hombres de Sulaymân quien me la había robado. En realidad podría haber sido cualquiera, lo que dificultaba la búsqueda. Después de unos minutos me había acostumbrado a la oscuridad y pude distinguir que la estancia estaba vacía y de ella partía una sola galería hacía el interior de la cueva. Pensé que el ladrón podría haber tomado ese camino, aunque podría ser una trampa. Quizá sería mejor salir al exterior. En el zoco se podía averiguar cualquier cosa si preguntabas a los tipos adecuados. Hice un reconocimiento visual buscando todas las opciones de salida que tenía. Miré hacia arriba. Demasiado alto para volver por donde había llegado, así que comencé a inspeccionar las paredes de roca con la esperanza de encontrar alguna otra trampilla y evitar la galería principal. Parecía que no había ningún otro agujero por donde colarme, así que decidí caminar hacia adelante. Al cabo de unos metros, pude distinguir claridad que provenía de unas antorchas que colgaban a los lados del recorrido. Seguía avanzando al encuentro de la luz y empecé a escuchar una música. Era un sonido muy alegre, pero sobre todo inapropiado o más bien inesperado diría yo. En un país como Egipto te imaginas una banda sonora de laudes y flautas. Y sin embargo el violín sonaba exultante. Alegre y vivaracho. Y aunque sola y casi a oscuras la encontrara inquietante y aterradora, me sentía atraída sin remedio por esa música. Pero me resistía a dejarme deleitar por ella. Quería mantenerme alerta con los cinco sentidos. Sin embargo y como si fuera una especie de preludio amoroso, me abandonaba a ella un paso y me resistía al siguiente y así todo el camino. Aunque me ganaba terreno el abandono a cada tramo un poco más. Y empecé a sentir que tenía que descubrir de donde procedía esa melodía. El lado racional que aún conservaba despierto, tenía presente en todo momento que podía estar en riesgo mi vida , pero aun así, acepté la situación y seguí avanzando a través de las galerías seducida por esa música tan especial.
Por fin después de un recodo la galería se abría a una gran sala atestada de gente. El suelo estaba ligeramente inclinado hacia abajo adquiriendo la forma de anfiteatro, de manera que podía ver lo que pasaba en toda la pieza. Seguí acercándome. Parecía que se celebraba una gran fiesta. Hombres, mujeres y niños se agolpaban en torno a una mujer bellísima que bailaba a su propio son. La bailarina movía su cuerpo como si hubiera perdido el esqueleto, giros y contornos imposibles para que sonaran los adornos que colgaban de las costuras de su falda. Se acercaba y alejaba mirando fijamente al círculo humano que rodeaba su espectáculo de danza. Ónices, profundos, pintados al estilo egipcio que parecían prometer una vida de sueños, de pasiones y agravios. Una vida de aventura continúa. Pero sobre todo una vida libre, muy libre.
Sentí una presión en el pecho, una presión ausente al peligro, me sentía por el contrario excitada, atraída por esa mujer. No me había pasado nunca antes. No sabía si era su mirada o aquella música, o quizá la danza, pero sentía como crecía en mí una inquietud, un desasosiego. Ávida por satisfacer mi deseo, me hice paso entre la gente, acercándome más y más con la mirada fija en aquella bailarina de negros bucles perfectos. No sabía que iba a hacer cuando llegara, pero surgía de mí una fuerza irrefrenable que me obligaba a seguir avanzando hacia ella. Había olvidado la promesa que había hecho a mi abuelo, el diamante, ni siquiera tenía consciencia de quien era. Un cuerpo dirigido por un instinto primario. Casi había alcanzado la primera fila cuando pude observar cómo se escapó un deseo de sus ojos, se paró un poco más de un instante delante de un espectador. Como si hubiese salido de un estado hipnótico, me paré en seco recobrando, la inhibición, más que el control de mis actos. Miré a aquel hombre y le desee también. Fui la bailarina y el espectador. Recordé sus vidas por un momento, y fue como si las hubiera vivido. Seguía parada entre la gente. Pero aquella música seguía sonando y sin saber cómo me descubrí caminando de nuevo hacia aquella bailarina. Y llegué hasta ella y me fundí en su danza y recorrí con ella el círculo humano, dando vueltas sobre mi misma, a mi propio compás y arropada por aquella maravillosa música de violines. Y entonces en uno de mis giros vi, al final, en lo alto, la figura de Sulaymân, llenando la sala con su presencia altiva y poderosa. Y volví a pararme un momento, pero aquella música seguía sonando y a pesar del pánico, triunfó la pasión y seguí bailando y girando, abandonándome y generando mis propios recuerdos. Entonces el anhelo de mi bailarina unió su torso a los nuestros y a continuación el circulo humano se deshizo hermanando cuerpos y pies con nuestro baile. Todo lo demás se ha borrado de mi mente. Al día siguiente amanecí en un parque. Y allí tumbada, aún con los ojos cerrados, recordé mi primer baile y se me antojó pensarme más persona, más humana y más libre.  Lo primero que vi al abrir los ojos fue un árbol y me supe a salvo. Y al tocar la tierra lo descubrí, El Ojo del Viento había vuelto a mis manos. Apreté los puños y cerré los ojos de nuevo. No recogí mis cosas, ni quise averiguar nada más, me embarque en el primer navío que salió del puerto y me marche de allí sin volver la mirada.  Nunca más supe de Sulaymân, ni supe quién me empujó a las galerías, ni que se celebraba en esa fiesta, ni siquiera como amanecí en aquel parque a la mañana siguiente. Lo único que sé es que ese día en las galerías, conocí el deseo en estado puro, sin atender a género ni condición, fui mujer y fui hombre, por vez primera un ente libre de las ataduras del cuerpo. Y así fue como recuperé el diamante de mi abuelo. Con mi pasión, de la única forma posible que se podía recuperar la joya con la talla más precisa y más perfecta del universo. La más hermosa que jamás se ha visto. Aquella que tiene el poder de controlar las pasiones de los hombres. El Ojo del viento.
 
Fin.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Alegoría

Nochebuena. Frente al espejo. Terminé de ajustarme el nudo de la corbata. Me puse la chaqueta y alise las solapas con las manos. Sonreí y pensé lo perfecto del momento. Me puse el abrigo, comprobé el bolsillo izquierdo y salí zumbando hacia el restaurante con el sentimiento continuo que me acompañaba los últimos meses del año desde hacía cinco años. Cuando decidí perpetrar mi particular alegoría a un mundo perfecto. El día de nochebuena tenía un misión, aniquilar a un ser a su imagen y semejanza, como para contrarrestar y mostrar mi gratitud a este maravilloso mundo que creó Dios nuestro señor. Bueno eso era al principio, después ya lo hacía ese día más bien por tradición. Porque tengo que reconocerlo, matar engancha. Dejar de matar es peor que desengancharse de la droga. Aunque para que no se me fuera de las manos mataba sólo una vez al año. Este año le había echado el ojo al hijo del alcalde y estaba excitadísimo. Era perfecto, con sus aires de grandeza y de vida ejemplar y estupenda. Siempre elegía ese tipo de perfiles, eran los que más me divertían. Y la escena cuanto más sanguinolenta mejor. Le esperaría en casa de su novia a la que dejaba fielmente antes de irse a casa. Pero primero había que cumplir con la cena de Nochebuena. Con motivo de las fiestas el menú estaba acordado de antemano y le tenía reservada a mi madre una sorpresa a los postres. Un dulce de cabello de ángel muy típico en la gastronomía venezolana. Fue a lo primero que le invitó mi padre cuando se conocieron en la embajada de Venezuela. Mamá lo adoraba. Y mi padre estaría presente en la cena de alguna manera. Llegué al restaurante y ya estaban mi madre y mi cuñado. A mi hermana le habían destinado a Shanghái para un proyecto con el Santander y como mi cuñado no tenía familia cenaba con nosotros. Llegó el camarero para tomarnos nota de las bebidas. Nos trajeron el primer plato.
—Os importa —pidió mi cuñado inclinando la cabeza, — Bondadoso Dios, bendice estos alimentos que con gratitud hemos de tomar, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
—Querido, te he dicho un millón de veces que Dios eres tú.
—Si mamá
—No seas condescendiente que sabes que no lo soporto y además no cambia que Dios no existe.
—¡Como que no! Tiene que haber un responsable para la situación en Siria, las violaciones de la India, el hambre del tercer mundo, la explotación infantil, Angela Merkel… ¿verdad?
—Los hombres. Los hombres son los responsables —me respondió mi cuñado.
—Y tu Dios ¿de qué es responsable? Porque le tienes que dar gracias, por ser huérfano o por la leucemia que se llevó a mi nieta —sentenció mamá divertida.
—¿Podríamos cambiar de tema mamá?
—Traslada tu fe, querido.
El resto de la cena se celebró con normalidad. Hasta la llegada del postre. Mamá estaba muy emocionada, aunque no dijo ni palabra lo supe porque me miró de esa manera suya.
El cabello debía de ser de ángel, pero del ángel caído, porque cuando mamá estaba disfrutando de su postre favorito se atragantó. Conseguimos que expulsara el trozo del dulce pero el cuadro se complicó con un ataque de asma y tuvimos que ir directos al hospital. Este imprevisto entorpecía seriamente mis magníficos planes. Caminaba de un lado a otro en la sala espera, suplicando internamente que por fin pudieran dar el alta a mamá. Necesitaba salir de ese hospital. Tenía controlados los movimientos del “elegido” hasta cierta hora, pero podría cambiar de planes y volver a casa en cualquier momento. Pero nada no llegaba el dichoso alta. Por fin salió la enfermera y nos comunicó a mi cuñado y a mí que tendría que quedarse ingresada. Mamá se negó a que nos quedáramos a acompañarla así que nos fuimos a casa. Y aquí el verdadero problema. Mi cuñado me pidió que si no me importaba prefería dormir en mi casa porque no se sentía con fuerzas para estar solo en la suya después de haber estado en el hospital.Demasiados recuerdos.No hubo manera de negarse. Dejó el coche en el hospital y subimos en el mío hacia mi casa. Mi cuñado hablaba sin parar. No tengo ni la menor idea sobre que, lo único que recuerdo es que era constante. Empecé a sudar a pesar de que estábamos a cinco bajo cero y se me había estropeado la calefacción del mercedes. Mi cuñado continuaba con su serenata y yo pensando en cómo podía ingeniármelas para deshacerme de él y salir de casa sin que se diera cuenta. Pero al llegar a casa se le antojó tomar una copa. Empezó a hablarme de como echaba de menos a mi hermana. Resoplando me aparté el flequillo del pelo por enésima vez y miré el reloj. Demasiado tarde. Mis planes se habían ido al garete. Y no había manera de cerrarle la boca a mi cuñado. No me había quitado el abrigo, me toqué el bolsillo izquierdo y allí estaba el cutter. Lo saqué y empecé a jugar con el mecanismo, sacando y metiendo la hoja metálica. Mi cuñado seguía con el parloteo. Y de pronto hizo un silencio. Yo seguía jugando con el cutter. Tomo un sorbo de su gin tonic. La hoja metálica estaba fuera. Se sonrió.
—Tremenda tu madre con lo de Dios por cierto. Siempre con la misma cantinela.
Me levanté y le asesté una puñalada con el cutter y le rebané el cuello. Dio un chillido ahogado. El primer momento de autentico de placer de la noche. Sangraba como un cerdo en San Martín. Tenía la cara salpicada y un nuevo chorro me dio en los ojos. Me limpie la cara y contemplé como se desangraba poco a poco. Decididamente mi hermana va a estar mucho mejor. Lo peor vino después. Nunca antes había asesinado en casa. Me pasé el resto de la noche limpiando. Porque después de aquello estaba todo echo un poema. Menos mal que las paredes del salón eran de estuco y pude limpiarlas aunque no sin poco esfuerzo. Metí temporalmente a mi cuñado en una tinaja gigante que tenía en las bodegas. Ya amanecía cuando me metí en la cama satisfecho y feliz. Sonó el despertador y fui camino del hospital a ver a mamá.
—Buenos días querido. ¿Y tú cuñado? —preguntó extrañada.
—Uy mamá, ayer estaba muy muy raro. Yo creo que ha encontrado a Dios.


Fin.



jueves, 12 de diciembre de 2013

El Reino del Tiempo

Jazmín escuchó ruidos en la puerta de casa y corrió destartalada escaleras abajo.
—Papá, que te pasa, Papá —sollozó Jazmín al ver el estado en que estaba.
Ya había caído la primera nevada en el Reino del Tiempo y el frío no le ayudaba. El padre de Jazmín volvía a casa malherido después de haberse enfrentado con los buitres dragón en el bosque del desaliento para poder llegar a la mina. Era la tercera vez este año que había intentado llegar a las minas y conseguir el oro para salvar la vida de su pequeña. Pero en esta ocasión sus heridas eran muy graves y sabía que no podría conseguir a tiempo reunir el tributo. Caminaba con dificultad luchando contra el viento intentando no caerse a cada paso. No podía pasar la noche a la intemperie en su estado y no había encontrado aún ningún refugio. Cada vez le era más duro caminar hasta que dio un último paso antes de caer al suelo contra la nieve. No podía continuar. Pasó casi una hora cuando un unicornio alado lo recogió y lo llevó a casa.
— Jazmín , hija mía, lo siento mucho —Asiendo débilmente su huesudo brazo—. No lo he conseguido. Debes huir. Coge el unicornio y huye. Huye esta misma noche. — Y perdió el conocimiento.
Después de curarle las heridas, la madre de Jazmín le pidió que hiciera caso a su padre. No podían arriesgarse a que se quedara y vinieran las crónicas de la Reina Ananké.
La Reina Ananké vivía en el Palacio amurallado de Cronos junto a sus hadas del tiempo, las crónicas, como todos las conocían. Las crónicas eran muy hermosas. Tenían unos grandes ojos color miel, larguísimas pestañas, su pelo rubio y muy corto contrastaba con su piel tostada, y como vestido tan solo unas manchas rayadas, negras, naranjas y ocres que les cubrían todo el cuerpo. Sus alas de un hilo de oro tan fino como la seda completaban la visión más espectacular que el ojo humano hubiera visto jamás. Pero su belleza transmitía el frio de sus sentimientos, eran tan implacables como su Reina ambiciosa y cada 10 de diciembre salían a sobrevolar todos los lugares del reino para recaudar los tributos de oro. Si alguna familia no les pagaba, agitaban sus alas, sobre el miembro más joven de la casa, y soltaban unos polvos que consumían la vida de aquellos a quienes tocaba.
Jazmín discutió largo rato con su madre. Si se marchaba, quien moriría sería ella. No quería dejar que cargara con su destino. En sus 15 años de vida jamás se había sentido tan desgraciada. Pero al final, con sus enormes ojos azules plagados de lágrimas, accedió a marcharse. Le prometió a su madre que se dirigiría al Oeste hacia el Reino del Azar donde las crónicas no podían entrar. A una niña sola le darían asilo sin trámite alguno y le abrirían las fronteras de inmediato. Allí estaría a salvo.
Estaba preparando su macuto y encontró en el desván una vieja espada de su padre. Cogió la espada del suelo.
—Ya soy mayor —dijo cayendo hacia atrás al levantarla—. Yo salvaré a mi familia.
Se marchó aún con lágrimas en los ojos a los lomos del unicornio alado. Y cuando estaba segura de que su madre no podía verla, cambió de dirección. Se dirigía al bosque del desaliento, y aunque sólo tenía dos días estaba dispuesta a llegar a las minas y conseguir el oro.
Había amanecido y entonces pudo ver lo bonito que era el Unicornio. Tenía las alas y la cola de un nácar tornasolado que a la luz del sol se podían ver todos los colores del Arco Iris.
—Te llamaré Arco Iris —dijo resuelta.
—Arco Iris… Menuda chorrada —respondió para el asombro de Jazmín. Me llamo Unicornio. Don Unicornio.
—¡¿Hablas?! . Y además como. Por qué no has hablado hasta ahora.
—Hablar por hablar. Yo solo hablo cuando tengo algo que decir.
—Comprendido Señor Unicornio.
—Don… Don Unicornio.
—Perdón, Don Unicornio. Tengo que darte las gracias por salvar a mi padre. Si no le hubieses traído a casa… Me pregunto cómo estará ahora. —Y al mirar hacia atrás un destello le deslumbró.
Eran las torres del Palacio Amurallado. Era todo de oro y su resplandor podía verse desde cualquier parte del reino.
—¡Claro! El palacio está lleno de oro —exclamó ocurrente.
—Te has vuelto loca chiquilla —le reprendió Don Unicornio—. No tienes idea a dónde vas.
—No tengo mucho tiempo para conseguir el oro y si para eso tengo que ir al palacio, iré —resolvió Jazmín.
—¿Y qué harás con los centinelas?
—¿Qué centinelas? ¿No sabía que hubiese centinelas? ¿Hay muchos? Da igual. ¡Me da igual! Lo voy a conseguir. Y lo voy a conseguir. —Cada vez más atropellada.
Resultó que Don Unicornio conocía muy bien el palacio y sabía cómo entrar esquivando a los centinelas. Así que cambiaron de rumbo. Habían pasado muchas horas sin probar bocado y aunque estaban escasos de tiempo también tenían que reponer fuerzas así que decidieron parar a tomar un tentempié. Además así podrían idear un plan con tranquilidad. El sol brillaba con fuerza y desde el cielo vieron un prado destellante parecía un campo de diamantes, era tan bonito. Decidieron comer allí, no iban a encontrar un sitio mejor. El prado estaba lleno de flores silvestres de colores y molinillos de viento. Fue muy agradable descansar en la hierba fresca por un rato. Jazmín saco unas cuantas provisiones que había preparado en su macuto y Don Unicornio pastó a placer. Ultimaron los detalles del plan y volvieron a ponerse en marcha camino al palacio de la ciudad amurallada.
Ya entrada la noche tal y como habían planeado Jazmín entró por el pasadizo que le había indicado Don Unicornio. Tenía que buscar algo pequeño que pudiera transportar fácilmente y poder llevarse la pieza de oro. Fue a dar detrás de un seto que daba a un sendero completamente iluminado con burbujas de cristal llenas de luciérnagas. Pero prefirió seguir un camino oculto detrás de los setos. Llegó a un pequeño huerto en el que se cultivaban todo tipo de vegetales. Y entonces lo vio, una pequeña azada, por supuesto de oro como todo en palacio. Iba a salir de su escondite cuando vio una sombra descomunal acercarse al huerto con algo que parecía una regadera de forma extravagante. Seguía acercándose y ahora podía ver su aspecto monstruoso. Tenía una especie de trompa corta por nariz y todo su cuerpo estaba cubierto de un pelo verde. Sus manos eran enormes garras y tenía una joroba que deformaba aún más su cuerpo. Jazmín estaba asustada. El monstruo seguía avanzando y se dirigía hacia ella. No sabía si la había descubierto. Se paró justo al lado de unas calabazas gigantes y se puso a regarlas. Aunque de la regadera en lugar de agua salían unos polvos azules y blancos como de purpurina. Brillaban a la luz. Un ratoncillo paso entre las piernas de Jazmín haciendo ruido y el monstruo miró hacia donde ella estaba. Esta vez sí que le había descubierto. Caminó hacia atrás con manos y piernas intentando huir pero se trastabilló dándose un golpe en la cabeza y se quedó inconsciente.
Niña buena, niña buena, repetía, mientras le acariciaba el pelo con sus garras. Encontrar a alguien era una auténtica novedad, siempre estaba solo, la única compañía que tenía era la de las hadas del tiempo cuando querían algo de él. Le hablaban a gritos y le daban puntapiés para que se diese prisa en hacer las cosas, también le daban puntapiés si se equivocaba, si estaban mal humor, o si aparecía de manera inoportuna.., bueno en realidad le daban puntapiés por casi todo.
Cuando abrió los ojos estaba en los brazos de aquel monstruo. Jazmín estaba paralizada, aunque al menos le parecía pacifico. Cuando el monstruo se dio cuenta de que estaba despierta se puso muy contento y empezó a agitarla de arriba abajo como si fuera un muñeco.
—Basta, basta, por favor —gritó.
Entonces el monstruo se asustó, la soltó de golpe y Jazmín se dio un culazo. Cuando vio lo que había hecho se fue a un rincón y escondió su cara entre las manos.
—No pasa nada, estoy bien —dijo dirigiéndose hacia él.
El monstruo se destapo la cara y mostró la más amplia de sus sonrisas ilusionado por tener una amiga. La cogió en volandas y la sentó en una silla frente a una mesa redonda con un mantel, un tapete de ganchillo blanco y un gran cenicero de oro en medio.
—Té, té, té… —Moviéndose por toda la cocina, buscando tazas, y utensilios.
—No, no. Muchas gracias pero debo irme. —Levantándose hacia la puerta. Pero el monstruo volvió a sentarla de nuevo y continuaba con su cantinela. El monstruo le sirvió el té y un buen trozo de pastel de calabaza.
—De acuerdo, si me lo das me quedaré a tomar el té —dijo señalando el cenicero. —sólo el té, rápido y me voy. —Ya con la taza en la mano.
—Bueno. Comer. Fuerte. Tú. Comer, comer —insistía el monstruo con el pastel, dándole el cenicero de oro y diciendo que si con la cabeza.
Jazmín estaba nerviosa tenía que llegar a casa antes de que amaneciera. Al día siguiente era 10 de diciembre y las crónicas podían salir en cualquier momento. Casi se atragantó con el pastel y al final el monstruo le ayudó a salir, aunque se despidió con lágrimas en los ojillos. Don Unicornio la estaba esperando y salieron volando a casa. Ya había salido el sol cuando llegaron y Jazmín entró atropelladamente gritando emocionada.
—Mamá, Papá lo he conseguido, lo he conseguido, tengo el oro, mamá, tengo el oro.
Asombrada fue a abrazar a su hija, mientras Jazmín sacaba el cenicero de su mochila. Pero… oh sorpresa. El cenicero se había convertido en piedra. Y justo en ese momento entraron las crónicas a reclamar su oro. La madre de Jazmín les suplico que les dieran más plazo, que cuando se recuperara su marido les darían el doble de oro. O que por favor consumieran su vida y no la de su hija. Pero las crónicas eran frías e implacables. Agitaron sus alas, espolvorearon sobre Jazmín unos polvos como de purpurina azules y blancos y salieron volando indiferentes. La madre de Jazmín lloraba desconsolada tirada en el suelo donde había estado rogando por la vida de su hija. Pero mientras tanto ella no notaba nada.
Pasaron las horas y seguía como si tal cosa. Entonces su padre recuperó la consciencia. Le explicaron todo lo que había pasado, la aventura con Don Unicornio, el palacio amurallado, y como tomó el té y pastel con su querido amigo el monstruo que regaba las calabazas con esos polvos azules y blancos.
—¡Calabazas! —exclamó el padre. –Había oído hablar de ellas mucho tiempo atrás. ¡Esas calabazas eran mágicas!
—¡¿Mágicas?! —grito asombrada.
—¡Sí! ¡Estamos salvados, estamos salvados!
Y este fue el inicio de la caída del imperio de la Reina Ananké y sus hadas del tiempo.

Fin.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Telegrama

Como una especie de estado premonitorio no había pegado ojo en toda la noche. Estaba tomando el desayuno cuando llamaron a la puerta. En principio ni me inmute, pero por la insistencia parecía que no había nadie más en casa. Así que fui a abrir. Un telegrama. Y toma ya, encima a mi nombre. En mi vida había recibido un telegrama. Firmé el resguardo que me dio el cartero y abrí el documento. “Jaime, hijo mío, estoy en el hospital Central de León y no quiero morir sin volver a verte. Por favor ven. Necesito hablar contigo. Francisco. Tu padre.”

Joder, para ser el primer telegrama que recibo no está mal. Hacía por lo menos 16 años que no sabía nada de mi padre. Un día, cuando yo tenía 4 años, desapareció el y la prima Eva que mi madre había traído del pueblo a vivir con nosotros. Tiré el papel en el taquillón del vestíbulo, volví a la cocina y me senté en el taburete a seguir con mi cola cao con galletas. Así que vive en León. Ahora que se está muriendo se acuerda de mí, después de 16 años. Siempre pensé que vivía, aquí en Madrid. Fui a mi habitación y me puse con la guitarra y el ordenador a grabar encima de unas pistas de batería para poder terminar la maqueta. ¿Debería ir? ¿Es mi padre, no? Desde luego sabía que a mi madre le iba a sentar como el culo. Me fui hacia el vestíbulo. “Jaime, hijo mío, estoy en el hospital Central de León y no quiero morir sin volver a verte. Por favor ven. Necesito hablar contigo. Francisco. Tu padre”. Volví a leer el telegrama 3 veces más. ¿Y si fuera? Joder y llego al hospital y después ¿Qué? no le he visto en mi vida. Me gustaría hablar con mi padre, saber que siento. Y mamá porque iba a enterarse. Regresé a mi habitación y continúe tocando la guitarra un rato más. Pero seguía con la historia en la cabeza. Llamé a información y pregunte por la dirección del Hospital Central de León. En León, ¡no había otro sitio más cerca! Pero lo tenía decidido, tenía que ir. Cogí las llaves del coche de mi madre y salí decidido a plantarme allí, a ver que me decía.

Me monté en el coche. Piiiiii. Sin gasolina. De puta madre, mi “querido” padre muriéndose y yo luchando con el conflicto del petróleo y sin un chavo. Hice unas cuantas llamadas para recaudar fondos, pero todos mis colegas eran solidarios con la economía del país. Y me vino a la cabeza el tío que tocaba la guitarra en el metro. Era perfecto. Volví a casa a por la guitarra y a por mí ampli. Y allí me plante con gorra y todo. Empecé con instrumental pero como parecía que no persuadía los bolsillos me anime con el lírico a lo smelly cat. Yo no sé si daba pena o risa, pero la cuestión es que llegué a plantearme si ver a mi padre o seguir con la racha y ganarme una pasta. En 2 horas tenía suficiente para la gasolina y un bocata. Así que tire carretera y ampli y cogí dirección León. Llegué hasta el hospital, pregunté en información y cuando subía a la planta… tritono.

—Hola. No, no estoy en casa. —Sí. —Ya pero tenía 10 euros. —Sí, mamá estoy con Marco, pero en 3 horas estoy en casa.

Me di la vuelta, cogí el ascensor y llegué a casa 3 horas después.

—Te quiero mamá —le dije por primera vez a mi madre mientras le daba un beso.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Red de contactos

Todos los días a las 8 de la mañana de los últimos 11 meses me sentaba en mi escritorio frente a mi ordenador aplicando a las pocas ofertas laborales que se adecuaban a mi perfil profesional. Me llamo Gonzalo Mejía, tengo 35 años, 10 años de experiencia como ingeniero industrial y estaba encantado de encontrarme en proceso de búsqueda de empleo. Y no me entiendan mal, que vago no soy, pero la situación de “no activo” se adecuaba a mis planes a la perfección. Porque desde que perdí el trabajo, me podía dedicar de lleno a emborronar cuadernos con tachones, corregir mis textos en busca de palabras concretas y tratar de encontrar cocodrilos gigantes para amenizar mis relatos, tal como aconseja Zapata. Porque lo de ser ingeniero industrial fue idea de mi padre. Yo me recuerdo pequeñajo y siempre con un libro en la mano, y cuando no, estaba contando historias a mi hermana Ana, la niña de la casa. Lo de cuentista siempre ha sido lo mío. Pero yo sabía que ser escritor no estaba entre las profesiones aceptables por mis progenitores. Había que ser ingeniero como Dios manda. Así que Ingeniero Industrial, pero gracias a cosas de la vida y las inversiones desastrosas del director de la empresa en la que trabajaba, estaba sin jefe, sin proyectos, sin novia, ni padres que frustraran mis planes. Era mi momento, mi ahora o nunca, para dedicarme de lleno a mi vocación. Aunque por supuesto, cada día me empleaba a fondo en mi búsqueda, tenía que cubrir el expediente con mis padres. Además de enviar currículum por internet, iba a todas las entrevistas que me salían y también estuve aprendiendo francés, por eso de distinguirme del resto de los candidatos y ampliar el mercado de búsqueda, aunque en realidad me apunté porque me moría de ganas de leer a Flaubert en su lengua materna. Yo les había pedido que no me ayudaran que esta vez quería encontrar trabajo por mí mismo, pero mi padre perdía la paciencia por momentos. Y mientras tanto, poco a poco, mis cuadernos tenían menos tachones, y hacia verdaderos progresos en mis clases de escritura creativa. Todo iba estupendamente hasta que llegó el cumpleaños de mi hermana Ana, la niña de la casa, a la que le leía los cuentos cuando era pequeñajo. Mis padres decidieron dar una fiesta en el jardín de casa para celebrarlo. Invitaron a todos los amigos del club. A los de mi hermana por supuesto, a los míos y a los suyos también. La fiesta estaba siendo un éxito absoluto, bueno para todos excepto para mí. Mi padre se dedicó a contarle mi curriculum a todos sus amigos y hablarle de mis bonanzas como ingeniero y de los éxitos que habían tenido mis proyectos. Y como no, todos tenían algo que ofrecer, o sabían de algún puesto, o tenían un amigo. Pero qué era eso, una fiesta de cumpleaños o una bacanal solidaria por mi causa. No sabía dónde meterme, según pasaban las horas me iba temiendo lo peor, de esta me sale trabajo, fijo, me decía. Y llegó el momento, mi padre volvió a llamarme, esta vez con esa cara de satisfacción que pone cuando las cosas le salen bien.

—Gonzalo, hijo, creo que no conoces a mi amigo Carlos Ortega —me introdujo mientras me pasaba el brazo por los hombros.

—Tu padre me ha hablado de tus proyectos en Tracsa —me dijo mientras me daba la mano— y en mi empresa tengo un puesto en el que podrías ser muy útil.

—Se lo agradezco muchísimo, tenéis la oferta publicada en algún sitio — Mierda de contactos personales, pensé— así puedo enviar mi curriculum.

—No hombre no, pásate mañana por mi despacho, hablamos de los detalles —dándome una palmadita en el hombro — y el lunes empiezas con nosotros.