martes, 27 de julio de 2010

Amor de Agua

Amor puro, amor de agua
Amor de amiga, de hermana
Sin interés te amo
A cambio de ti, a cambio de nada
Yo te doy porque te quiero
No poseo, no espero
Sólo quiero quererte
Porque te admiro
Y encuentro en ti
Un espejo en el que mirarme
Más guapa, más buena
más generosa y más sincera
porque no te reconocería
si no me viera en ti
y porque existes me reflejo
en tu destello.
Cuanto me das amiga mía
Por compartir conmigo
Y ser parte de mi vida.

Mencía Quioreng

Dedicada a mi hermana y a todas mis amigas, sobre todo a las tres más mejores Mayca, Nurita y Yolita. (por orden alfabetico)

No culpes a nadie - Pablo Neruda

Titulo: No culpes a nadie
Autor: Pablo Neruda (Poeta Chileno, 1904-1973)

Nunca te quejes de nadie, ni de nada,
porque fundamentalmente tu has hecho
lo que querías en tu vida.

Acepta la dificultad de edificarte a ti
mismo y el valor de empezar corrigiéndote.
El triunfo del verdadero hombre surge de
las cenizas de su error.

Nunca te quejes de tu soledad o de tu
suerte, enfréntala con valor y acéptala.
De una manera u otra es el resultado de
tus actos y prueba que tu siempre
has de ganar.

No te amargues de tu propio fracaso ni
se lo cargues a otro, acéptate ahora o
seguirás justificándote como un niño.
Recuerda que cualquier momento es
bueno para comenzar y que ninguno
es tan terrible para claudicar.

No olvides que la causa de tu presente
es tu pasado así como la causa de tu
futuro será tu presente.

Aprende de los audaces, de los fuertes,
de quien no acepta situaciones, de quien
vivirá a pesar de todo, piensa menos en
tus problemas y más en tu trabajo y tus
problemas sin eliminarlos morirán.

Aprende a nacer desde el dolor y a ser
más grande que el más grande de los
obstáculos, mírate en el espejo de ti mismo
y serás libre y fuerte y dejarás de ser un
títere de las circunstancias porque tu
mismo eres tu destino.

Levántate y mira el sol por las mañanas
y respira la luz del amanecer.
Tú eres parte de la fuerza de tu vida,
ahora despiértate, lucha, camina, decídete
y triunfarás en la vida; nunca pienses en
la suerte, porque la suerte es:
el pretexto de los fracasados.

Corazón coraza - Mario Benedetti

Corazón coraza

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busqué y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.


Mario Benedetti

lunes, 8 de febrero de 2010

Viejas Miradas Nuevas - Soneto -

Longeva tus ojos gastados hablan
Y sin embargo brillan sus palabras
Porque el amor a ellos ha llegado
Una vez más el júbilo abrazan

Longeva que habías olvidado
Las cosquillas en estas carnes blandas
Te sorprenden tardías mariposas
Y tus ojos alegría brillaran.

Ternura, amor tardío me provocas
Hoguera de miradas conformadas
Llamas en niñas antes ahogadas

Celebran traviesas amor secreto
Profunda ternura de amor de viejos
Iluminador, íntimo y añejo.

M.Quioreng

viernes, 29 de enero de 2010

El ojo del viento

Lo había conseguido. Tenía que llegar de inmediato a la calle azahar, antes de que se dieran cuenta. Corría sin descanso. Si seguía a ese ritmo llegaría en pocos minutos. Mierda, ya están aquí. Vi a uno de los hombres de Zago que venía hacía mi. Giré la primera calle y en la segundo cruce me encontré con el zoco. Decidí cruzar por el mercado, me sería fácil hacerme invisible, estaba atestado de gente. Se mezclaba el olor a sudor, con otros de especias, te, y el de comidas rápidas, típicas de la región que ofertaban varios tenderetes improvisados, ignorando toda higiene, y que se extendían a lo largo de toda el recorrido.

No era la mejor elección para llegar lo más rápido al otro lado de la ciudad, pero si la única que me daba alguna posibilidad de alcanzarlo viva. No quería mirar atrás. Jadeando del esfuerzo, avanzaba todo lo deprisa que me permitía el ir y venir de la gente. Si conseguían alcanzarme era una mujer muerta, o algo mucho peor.

Giré un momento la cabeza y pude ver que aún me seguían. Apreté el ritmo, atropellando a mi paso todo el que se ponía por delante, apenas me quedaban 15 metros para salir del barullo, y por fin podía ver el coche donde me estaba esperando mi contacto. Mis perseguidores ganaban terreno. Tenía que llegar, tenía que llegar, pensaba. Pero arrollé a una anciana y se acortó la distancia que me separaba de la fatalidad. Estaba perdida. Alguien me agarro del tobillo. No entendía nada. Forcejeé intentando desasirme y miré hacia el suelo, pero no sabía de donde venía la mano. Entonces me empujaron, dejé de notar tierra bajo mis pies, y caí hacia abajo. Me di un buen golpe, dolió mucho pero no tenía nada roto. Me encontraba en una galería donde todo estaba muy oscuro, pero no había nadie.

Estaba demasiado alto para salir por donde había llegado, y podía distinguir algo que parecían unas antorchas un poco más adelante así que decidí avanzar hacia la luz. Según me acercaba a las antorchas empecé a escuchar una música. Era envolvente, muy alegre me recordaba a una colección de cuentos de lugares exóticos que me leía mi abuela para dormir. Me sentía irremediablemente atraída por la música. Tenía que descubrir de donde procedía. Ni siquiera me paré a pensar en que pudiera pasarme algo. Me olvidé de que me perseguían. Ni siquiera pensaba en quién me había empujado y que podía ser una trampa. Sólo seguía avanzando a través de las galerías hacía ese sonido tan especial.

Por fin después de un recodo había una sala de donde venía la música. Nadie notó mi presencia cuando entré en ella. Hombres, mujeres y niños hacían círculo en torno a una mujer bellísima que bailaba al son de la música. La bailarina movía su cuerpo como si hubiera perdido el esqueleto, giros y contornos imposibles para que sonaran los adornos que colgaban de las costuras de su falda. Se acerca y se alejaba mirando fijamente, haciendo el círculo humano que rodeaba su espectáculo. Con esos ónices, profundos, pintados al estilo egipcio que parecían prometer una vida de sueños, de pasiones y maldiciones. Una vida de aventura continúa. Libre.

Pero se le escapó un deseo de sus ojos cuando paró un poco más de un instante delante de un espectador. Y se convirtió en una vida de cuentos exóticos. De aquellos con princesas que se enamoraban de forasteros de países lejanos, que me leía mi abuela cuando yo era pequeña. Disfruté muchísimo aquella noche en esa sala al final de las galerías, me sentí como en uno de esos cuentos. Fui la bailarina y el espectador en mis sueños. Recordé sus vidas por un momento, mágico, y fue como si las hubiera vivido. Después de ese espectáculo hubo otros muchos. Magos, malabaristas, cuentistas y se dio una gran fiesta, con bailes, comida y bebida para todos.

Nunca supe quien me empujó a las galerías, ni que se celebraba, ni siquiera como al día siguiente amanecí tumbado en un parque, pero así fue como salvé la vida y recuperé el diamante de la tribu del tatarabuelo. La joya con la talla más precisa y más perfecta del universo, la más hermosa que jamás se ha visto. El ojo del viento.

lunes, 11 de enero de 2010

Vidas Amarillas

Lenta e incansable manecilla

Himno de las horas vividas

De triunfos, y amores amarillos,

que rellenan cultos e ilusos

un vientre de hueco perpetuo

que bombea un corazón frío

vivo pero casi muerto, agotado

por veloces e implacables calendarios.

Decisiones calladas, pasiones apagadas

Altas ramas de uvas plagadas.

Anhelos de vidas amarillas, compradas

Descoloridas alegrías no acompañadas

solitarias cinturas no abrazadas

hermanas de manos desoladas,

labios rotos y pupilas mojadas

que ansían desconsoladas.

Días de fuertes anclas amarradas

a resacas de otras marejadas

Paz de tormentas acorraladas

pero latentes, pacientes, ardientes,

y al instante, evidentes, patentes.

presentes.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Navidad en Baboli

Os voy a contar la historia de María y de Jon. Unos papás que todavía no tenían ningún bebé. Porque los bebés nacen mucho antes de venir al mundo, nacen del deseo de los enamorados como María y Jon.
Vivían en una casita preciosa con jardín, con el abuelo Nicolás. Un viejito un poco gruñón. En realidad muy gruñón, no era amigo de las visitas, ni de los cumpleaños, ni de las fiestas, ni de nada que cambiara su vida normal. Siempre andaba sólo de aquí para allá con su bastón, su boina y su perro Rodolfo. Un galgo corredor precioso que le acompañaba a todas partes. A María no le importaba que el abuelo fuera tan gruñón y le permitía todas sus rarezas menos una. Porque aunque no le gustaran ni las fiestas, ni las celebraciones, todos los años en casa de María y de Jon se celebraba la Navidad por todo lo alto. El abuelo refunfuñaba igual, pero sabía que se tenía que aguantar. María y Jon en su afán por ser papás siguieron todos los consejos que les dieron, pero el bebé no llegaba. Y después de estudiar todas las opciones decidieron buscar una escuela de papás. Navegaron por la web buscando la mejor de las mejores. Tener un bebé era muy importante para ellos y querían hacerlo muy bien. Al fin encontraron una que tenía en su página comentarios de muchos papás felices que contaban sus experiencias de éxito, después de pasar por sus aulas. Incluso algunos colgaron las fotos de sus retoños. La directora de la escuela, la Señorita Fleur de l´école, era muy exigente con los requisitos. No dejaba matricularse a cualquiera. Así que tuvieron que pedir una cita con ella para ser admitidos.

Llegó el día en que María y Jon se entrevistarían con la Srta. Fleur de l´école. Se levantaron muy temprano, y mientras Jon estaba en la ducha, María ponía el desayuno al abuelo como todos los días.

- Te digo que no tengo hambre.- Refunfuñó el abuelo, levantándose de la mesa de la cocina.- Aún no es la hora de desayunar, como quieres que tenga hambre tan temprano. Bueno, bueno, bueno. Rodolfo, vamos, hoy parece que damos antes el paseo. ¡Será posible!

Después del pequeño desacuerdo con el abuelo, María y Jon fueron a la escuela con sus mejores trajes. Cuando llegaron la secretaria de la escuela les acompañó hasta el despacho y por fin les recibió la Señorita Fleur de l´école. Todo en la escuela era muy antiguo y exótico. En el despacho de la Señorita Fleur, además del escritorio, tenía una mesa baja hexagonal con un centro de fruta, en la que se acomodaron sentados en unos cojines. La decoración colonial hacía juego con un titi, que colgaba por su cola de un perchero y una jaula con un loro azul, rojo y amarillo, que repetía, Té, té, gato, gato, una y otra vez. La entrevista fue de lo más extraña. Tomaron el té mientras la Señorita Fleur les hacía preguntas, como cual era su dulce favorito o de que color llevaban los calcetines. Mientras, el mono bombardeada sin piedad, con uvas a Jon. Sin la menor reacción por parte de la Señorita Fleur. María se moría de la risa, aunque intentaba contenerla. Y Jon cada vez estaba más nervioso. Lo mejor fue cuando un gato se subió a una estantería que estaba encima de la cabeza de Jon y le hizo pipí encima. María no pudo contenerse y estalló en carcajadas a lo que se unió la Señorita Fleur, mientras limpiaba la cara a Jon con una servilleta de papel. Pero después de todo fueron admitidos. Y les fué de mil amores desde ese momento. No se puede decir que las clases fueran convencionales y aunque no tuvieran ningún motivo, confiaban ciegamente en que todo iba a salir bien. Y estaban en lo cierto, porque la escuela de la Señorita Fleur era mágica. En realidad era la escuela donde los primeros papás aprendieron a ser papás. María y Jon pasaron las pruebas finales con honores y les entregaron el diploma de papás en una gran fiesta de graduación. A la que, claro, el abuelo Nicolás no acudió. En la fiesta lo pasaron de maravilla y llegaron tardísimo a casa. A la mañana siguiente abusaron de almohada y cuando se levantaron el abuelo Nicolás refunfuñaba sin parar. Que si la escuela esto, que si la escuela lo otro, pero como María y Jon estaban acostumbrados no le hicieron mucho caso y fueron a desayunar. María quiso examinar de nuevo sus diplomas y al extenderlos se dio cuenta de que tenían algo pegado al dorso. Era muy fino, rectangular, de plástico negro, del tamaño de un paquete de chicles en grageas. Tenía una pantalla cuadrada y en un extremo un botón de color rojo con el símbolo de la velocidad angular (ω), en el otro.

- Jon mira esto, ¿que será?,- mientras lo despegaba.- Aquí parece que pone algo. Atra, se lo acercó un poco Atraedor. ¿Atraedor?. ¿Será para atraer los bebés o algo así?.
- No tengo ni idea, pero de la Señorita Fleur puedo esperarme cualquier cosa.
- Mira en el tuyo hay otro igual. María toqueteó la pantalla y se iluminó proyectando una luz muy intensa, primero azul, luego verde, cambiaba de color y María no conseguía ver nada. Y apretó el botón pensando que así funcionaría. Jon, ojoplático, no daba crédito. Se formó un torbellino en el lugar donde estaba María. Los platos volaban alrededor de la cocina, junto con los cubiertos, y el abuelo Nicolás y Rodolfo, que acababan de entrar, también se unieron al remolino.

- ¡María, María!.-Intentando alcanzar el remolino.- ¡Pero hombre Nicolás! ¿?Donde va usted, también ahora?.

Duró unos tres minutos y después se cayó todo al suelo.

- ¡María! ¡María!.-Había desaparecido.
- ¿Se puede saber que es lo que has hecho? Primero me dejáis sin desayunar y ahora esto. El abuelo se sacudía los pantalones y buscaba su garrote. Aunque Jon no le hacía ningún caso.
- No hay ningún agujero ni nada. ¡Por donde! ¡Por donde! No puede ser.

Y entonces se acordó del aparatito. Buscó su diploma entre los platos, cubiertos y demás vajilla que había por el suelo. Aquí está. Cogió el atraedor y apretó el botón rojo. Se repitió la escena y mientras el abuelo volvía a volar por los aires, Jon entró en una espiral de color. Estaba un poco mareado cuando por fin paró de dar vueltas.

- ¡María! Estas aquí. ¡Que susto me has dado!. ¿Estás bien?.
- Si, Jon, todo está bien.
- Uff, menos mal.

Pi, pi, sonó el atraedor de Jon. En la pantalla apareció: ¡Bienvenido a Baboli!. Y es que Jon y María habían “aterrizado” en la ciudad mágica de Baboli. El lugar donde van los niños cuando los papás miran hacía otro lado un momento y de repente desaparecen, no logran encontrarlos porque están en Baboli. La ciudad donde es real todo lo que los niños sueñan. Me gustaría poder describírosla pero no me es posible, ya que cambia cada vez que un niño lo desea. Puede que por la mañana tu casa sea un castillo de trufa y por la tarde una nave espacial. Recuerdo que los García llegaron a vivir dentro de un elefante. Las calles de Baboli que ayer te llevaban al mercado hoy pueden llevarte al circo y mañana quizá al dentista, así que es muy emocionante vivir cualquier día normal. María y Jon por más que daban al botón rojo, no lograban volver a casa. Así que buscaron un lugar donde pasar la noche. Y a la mañana siguiente despertaron en su cama de siempre. Después de dar mil explicaciones al abuelo se fueron de inmediato a la escuela. La Señorita Fleur les explicó que habían estado en Baboli, en la ciudad de los niños y que podían volver siempre que quisieran. Les explicó que era el mejor lugar para conseguir ser papás. Sólo había una regla. Si un niño era engendrado en Baboli, debía de quedarse allí.

- ¿Y que vamos a hacer con el abuelo?. Preguntaron los dos a la vez.
- Un bebé puede invitar a vivir toda su familia.
- ¡Ah! Dijeron aliviados.

Y a partir de entonces pasaban en Baboli casi todo su tiempo libre. Cada vez les gustaba más. Y al llegar la primavera sucedió el milagro. María estaba embarazada. La pequeña fue engendrada en Baboli así que se mudaron definitivamente allí. El abuelo Nicolás, como no le gustaban los cambios, prefirió quedarse sólo con Rodolfo, pero prometió ir cuando naciera el bebé. Pasaron los meses y María estaba casi a punto de dar a luz. María y Jon estaban muy contentos, les encantaba vivir en Baboli. Pero echaban de menos una cosa de su tierra. Baboli era una ciudad muy joven, sin tradición y allí no había Navidad. María adoraba la Navidad. Recordaba momentos muy felices de su infancia y no quería que su bebé se lo perdiera. Deseaba con tanta fuerza que hubiera Navidad en Baboli. Echaba de menos los adornos y las luces de las calles. La gente cantando villancicos, los dulces, los regalos y sobre todo el amor tan especial que surgía en la gente. Pero la ciudad sólo respondía a los deseos de los niños. El día 24 de diciembre nació la pequeña, según el calendario de Baboli. Según vuestro calendario sería más o menos septiembre. Es que los niños son un poco impacientes y por eso todo llega a Baboli un poco más deprisa. Los médicos pusieron a la niña en los brazos de María. Los barrotes de la cama se llenaron de espumillón, aparecieron guirnaldas adornando la puerta y comenzó a lucir un pino que se veía por la ventana. Jon accionó el atraedor y un remolino trajo al abuelo Nicolás y a su perro Rodolfo.

- ¡Menudo mareo! Y es que no podéis vivir en un sitio normal.- Rodolfo se sacudió moviendo las orejas.
- Hola Abuelo. Le saludo Jon. La primera vez te mareas un poco, pero luego te acostumbras.
- Bueno, bueno. Y donde esta el niño.
- Niña. Es una niña.- María dijo con el bebé en sus brazos. Y está aquí.
- ¿Una niña?

El abuelo se asomó para verla y sucedió algo mágico. Le empezó a crecer una barba blanca, a Rodolfo se le puso la nariz roja y le salieron unos grandes cuernos. La boina ahora era un gorro rojo, su ropa se volvió roja también y su bastón se convirtió en un saco lleno de regalos. Una camilla arrendó a Rodolfo y se puso a sobrevolar las habitaciones del hospital.

- Jo, jo, jo. El abuelo intentaba protestar pero no era capaz de decir otra cosa. Jo, jo, jo. Rodolfo voló demasiado cerca del abuelo le hizo caer en la camilla y se lo llevó volando por la ventana. Jo, jo, jo. El abuelo refunfuñaba, pero sabía que se tenía que aguantar. Jo, jo, jo.

- ¡Abuelo! Pero si es. María y Jon no salían de su asombro. Pero si es.
- ¡Papá Noel!.-dijo Jon terminando la frase.

Mientras tanto el gobernador de Baboli recibía quejas a miles de los ciudadanos de Baboli. Se estaba volviendo loco. Todos los atraedores estaban inservibles. Nadie podía entrar ni salir de la ciudad.

- Debe de ser un fallo en el canal de flujo. Estamos tratando de solucionar la avería.-El gobernador se peinaba el pelo con los dedos con cara de desesperación.- Si puede ser algo haciendo interferencias. ¿Qué? ¿Una estrella? ¿Qué estrella?

Y es que justo encima del hospital se había instalado una gran estrella. El gobernador de Babolí estaba preocupado. No podían estar incomunicados. Así que les mandó un mail a los tres mejores astrónomos del mundo, Melchor de Noruega, Gaspar el americano, y Baltasar originario de Africa. Contestaron de inmediato para pedir instrucciones de cómo llegar a Baboli, porque ya se habían percatado de la nueva estrella. Los atraedores estaban inservibles pero se podía llegar a Baboli cruzando el desierto de Taklamakán en la región de Xinjiang. Uno de los más grandes y más inhóspitos del mundo. Los astrónomos cogieron el primer vuelo a Xinjiang, aunque aprovecharon para hacer escala en Paris y comprar bonitas capas de diseño. El desierto lo atravesarían en camello, se guiarían con GPS de día y siguiendo la estrella de noche. Feroces vientos y tormentas de arena fueron sus compañeros de viaje. Bordearon la antigua ruta de la seda y después de mucho esfuerzo aún no había amanecido el 6 de enero cuando consiguieron llegar a las puertas del hospital de Baboli. El gobernador no había llegado, así que fueron a visitar a la niña de María y de Jon y le hicieron muchos regalos. Primero a ella y después a todos los demás niños de Baboli. Al día siguiente el gobernador fue a darle las gracias a los reyes porque la estrella ya no estaba. En realidad no volvió a aparecer hasta el próximo 24 de diciembre. Y así fue como llegó la Navidad a Baboli. Con sus adornos, su Papá Noel, y sus Reyes Magos. María y Jon decidieron llamar a su hija, Natividad porque ella como todos los niños trajo el espíritu navideño a todos en su hogar, Baboli. Bueno a todos menos a su abuelito Nicolás que refunfuñaba igual, pero sabía que se tenía que aguantar. Jo, jo, jo.

Fin.